martes, 15 de julio de 2008
Protesta silenciosa
Venía de abastecerme tristemente de la verdulería del barrio, porque por estos días todo lo que hay en la verdulería del barrio es triste –y en la carnicería y en el súper y hasta en la tienda de video–, y me encontré con Ángel, el señor de la garita, abrazado a una cacerola. “Ángel, ¿qué hace?”, le pregunté. El me dijo, parco como siempre: “Protesto”. “¿Por qué protesta?”. “Por el ruido”, contestó. Yo pensé que el hombre se había puesto metafórico y con ruido quería decir el quilombo infernal en el que el gobierno y el campo nos tienen sumidos. Pero no, Ángel me explicó que, en verdad, protestaba por el ruido. “Señora, este es un barrio residencial, los vecinos no tienen que salir a sonar cacerolas porque, dígame, ¿quién los va a oír?” Ángel se quedó callado, como esperando una respuesta de mi parte. Yo estaba perpleja porque era la primera vez que lo oía hablar tanto. Ángel es un tipo que no suele ceder, ni bajo tortura psicológica, a esas distracciones menores como la conversación. Y allí seguía, esperando a que le contestara. “Nadie, nadie los oye... ¿Nadie?”, dije titubeante. La cara de Ángel se encendió, bajó la cacerola y se señaló a sí mismo con los pulgares: “¡Yo, señora, los oigo yo, me van a dejar sordo!”. Pobre. En este barrio normalmente no se oye el zumbido de una mosca, pero ahora se ven personas caminando con la cacerola en una mano y el collar del perro en la otra, rumbo a ninguna parte. Y se paran, suenan sus chécheres, esperan a que el perrito vaya al baño, sacan su bolsita, guardan la mierdita –porque en diminutivo, dicen, todo es menos asqueroso–, y siguen. Ángel no soporta más: “Está bien que la gente salga y diga que le gusta o no un gobierno, pero ¿por qué a mí? ¿Por qué en mi cuadra? ¡Ya ni siquiera duermo!”. “Pero, Ángel, su trabajo consiste en no dormir”, le dije. Él dijo: “Sí, y el del gobierno en gobernar y el del campo en sembrar, ¡pero el malo soy yo porque hago una siestita!” Estaba descontrolado, me dijo que le iba a demostrar a todos que las mejores protestas son las silenciosas. Yo le dije que corría el riesgo de que nadie se enterara, de que su protesta fuera inútil. Entonces volvió a hablar, pero sólo para decirme que las otras también lo eran, pero que al menos la suya no jodía a nadie. Y con los dedos pinto un cierre en sus labios y se calló, rebelde.