Estaba llegando tarde a una cita, paré un taxi y dije: “Buenas noches, señor, tengo prisa”. El chofer dijo entendido, y aceleró. En el auto sonaba una música de iglesia, palmas al fondo y gritos casi coordinados: ¡Oh, Jesús! ¡...sus! ¡...sus! Al cabo de una cuadra el auto frenó y el taxista dijo: “Acá no hay giro, habrá que dar la vuelta”. Yo resoplé y dije: “Bueno, si no hay otra”. El hombre debió tomarlo como una afrenta, una provocación, una manera camuflada de decirle: ¡Gira, mariquita, hunde esa pata y no me jodas!, porque si no no me explico cómo fue que decidió hacer ese giro suicida, adelantarse al colectivo y acompañar el chirrido de los neumáticos con el grito: “¡Dios está con nosotros!”. Y su risa frenética. “Pero, señor...” fue todo lo que atiné a decir, mientras ideaba maneras de tirarme en el primer semáforo pidiendo auxilio. Pero todos los semáforos del Bajo acordaron pintarse de verde y darle un empujoncito al taxista, que ya iba rapidísimo y repetía para sí: “Cristo me ama”. Yo tenía taquicardia, le pedí que parara por favor. El tipo me ignoró. “¡Pará, por Dios!”, grité, y entonces, como si de repente recordara que llevaba una alma inocente a cuestas, frenó abruptamente, se aclaró la garganta y dijo: “¿No estabas apurada?”. Abrí la puerta, salté, caminé acelerada buscando no sé bien qué y, cuando me paré para decidir cuál era el paso a seguir, sentí que me tocaban el hombro. Me di vuelta, era el taxista: “Son ocho pesos”, dijo. ¿Cómo es que no llevo un bate en la cartera?, me pregunté, y justiprecié los consejos de Stella Maris. “Pero, señor...” volví a decir, y el tipo estiró la mano, me mostró su palma. En la muñeca llevaba un escapulario del Niño Jesús con su trajecito rosa, en el antebrazo tenía tatuada la frase “Dios es amor” y del cuello le colgaba una cadena con una cruz de plata envejecida, o sucia. Me pareció que eran muchos contra mí, así que abrí la cartera saqué un billete y se lo di. Pero cuando me iba el hombre me agarró del brazo y con los ojos llenos de lágrimas balbuceó: “Perdón, es que a veces, no sé, es como si el demonio se me metiera adentro”, me devolvió el billete. Así fue como una noche fría en Buenos Aires hubo un alma que quiso redimirse, una que perdió su cita y otra que cenó sin mí.