Viernes a la noche. Voy en un taxi rumbo a un recital de una banda de rock en La Trastienda. Por la ventana la oscuridad es todo, no hay luna. El taxista, oh sorpresa, habla y habla y habla. Se llama Gastón y está oyendo el Quilmes Rock en la radio “Es en vivo”, aclara: “es como si estuvieras ahí”. Y que él adora el rock. Y a su vieja, claro. Lo que más adora en el mundo es a su vieja y al rock, en ese orden. Claro que su vieja ya se fue, los dejó hace unos dos años y él no lo supera. “Mi pibe está ahí, en el recital” dice, señala la radio y sube el volumen, se oyen gritos. “Iba él o iba yo, y bueno...”: Gastón no termina la frase, ya lo dijo. Y bueno. La banda que más le gusta es Bersuit, falta poco para que empiecen a tocar y entonces, en ese momento, me dice, él ya no va a trabajar. “¿Sabés qué voy a hacer?”, dice y se calla. Siempre me hace gracia que la gente lance esas preguntas y deje un bache de silencio a disposición de su interlocutor. ¿Yo por qué habría de saber qué va a hacer? Obvio que no sé, y eso es lo que él espera que le diga. “No sé”, le digo. “Voy a estacionarme en la Costanera, a subir el volumen y a tomarme unas cervecitas y escuchar a la Bersuit”. Gastón sonríe como si acabara de confesarme el sueño de su vida. “Está bueno eso, ¿no?” dice. “Está bárbaro, Gastón,”. En la radio la gente se desgañita. “¿Vos sabés por qué me gusta el rock?”: el hombre insiste, se pone profundo. “No sé”. “Yo tampoco, che, pero me gusta tanto que, a veces, cuando escucho, lloro de emoción”. Llegamos, me bajo, lo saludo, él ladea la cabeza y guiña un ojo. El taxi ruge y se va. Mi recital está lleno de chicos peludos que saltan y estrellan sus cuerpos en el aire. La banda no se ve, las luces apuntan al público. Me explican que es una onda medio under que está de moda: tocar a oscuras. Supongo que para la banda debe ser estimulante ver a los chicos peludos saltando con sus canciones, verlos bien, digo: las caras que hacen, las risas que se mandan, alguno incluso llorará de emoción, como Gastón. Pienso que el hijo de Gastón debe ser un chico peludo y que Gastón debió haberlo sido también. Miro el reloj y calculo que a esta hora ya estará en la Costanera, destapando una cerveza y cantándole a su vieja una canción de la Bersuit. Me lo imagino de cara al río, mirando la luna que no hay, intercalándo coros, suspiros, sorisas melancólicas, una que otra lagrimita. Yo pido una cerveza, tarareo un rocanrol.