A veces me parece que, como no veo mucha gente en el día a día aparte de Teo, Stella Maris –la señora que nos ayuda en casa– y la tía Ramona, que de vez en cuando se toma un micro para venir a criticar mi hogar, naturalizo cosas un poco excéntricas por no tener la posibilidad de compararlas. Quiero decir: no debe ser normal que Stella Maris ande armada con un destornillador porque teme ser asaltada en el jardín, por poner un ejemplo. Y como últimamente tengo esa idea rondándome la testa –que en casa no somos normales–, ayer, cuando Teo se paró en la avenida Maipú a comprar unos palos secos que vendía una señora de sorprendente parecido a Shrek –era incluso verde–, y que nos contó misteriosamente que estaba huyendo de la policía, me paré firme y le dije: “Devuelve ya esos palos y empecemos juntos una vida normal”. Él me dijo: “Pero, Princi, son orquídeas”. Y yo volví a mirar: eran palos secos. No lo convencí, claro, y volvimos a casa refunfuñando porque yo no sé ver más allá y él en cambio es todo un visionario. Clavó los palos en la galería y le dio instrucciones sobre cómo cuidarlos a Stella Maris que, mientras acariciaba el destornillador en su bolsillo, simulaba atención absoluta –Stella Maris debía pensar, con toda lógica, que un día esos palos tomarían vida y se harían motochorros–. Teo se refería a los palos como “el de flores fucsias y perfumadas, el de flores amarillas abundantes y el de flores blancas con pintitas rosa”. Yo los bauticé palo seco uno, dos y tres. Cuando él se fue, me senté en un banquito a mirarlos detenidamente, para ver si era cierto que eran orquídeas. Y mientras estuve allí pensé que ver o no la orquídea era una posible distinción entre ser o no optimista. Porque pensar que ese palo seco es una flor en potencia y no un palo seco, o que Stella Maris es una mujer precavida y no una paranoica, o que la tía Ramona viene porque me quiere y no porque me quiere joder, o que la Argentina está en una crisis saludable y no en la mismísima mierda, o que Calamaro tiene gripe y no mala voz, es ser optimista. Yo no vi la orquídea, la verdad, pero vi algo mejor: a un tipo excéntrico capaz de descubrir en un desierto un bosque y en mí una princesa. No seré optimista, pero sí afortunada.