sábado, 19 de julio de 2008

Cosas de gatos

Los gatos y su ingatitud. Ahí está Ani, la siamesa vagabunda que a veces se confunde y cree que vive acá. Esa idea es promovida y reforzada, claro, por la presencia de un plato de comida y otro de leche al lado de la puerta y un futón en la galería con una mantita de Garfield, que ella usa de cama. Hasta ayer había estado, otra vez, perdida. Se fue de casa y no se reportó durante varios días. Teo sufre mucho cuando Ani se va. Se asoma a la ventana y su respiración empaña el vidrio: “Hace frío, ¿dónde estará?”, susurra. Luego Ani vuelve y come y duerme y hace pis donde no debe, y a Teo le vuelve el alma al cuerpo. La vida doméstica sigue su curso. Pero ayer, cuando volvió, Ani se portó raro: rechazó la leche con un ronroneo caprichoso, puso cara de señorita fina y se alejó caminando muy lento. Después se subió al futón y restregó su hocico contra el de Garfield, como haciéndole mimos. Cada vez que hace eso me recuerda mis épocas de chica, cuando dormía arropada hasta el cuello con la frazada de Charlie Brown. Amaba a Charlie Brown. Se ve que Ani ama a Garfield. La diferencia es que yo le fui fiel a Charlie Brown hasta bien entrada en la adultés. Ella, en cambio, le puso los cuernos a Garfield con algún gato advenedizo que se cruzó en estos días de juerga. Ani está embarazada. Lo noté al alzarla: estaba pesada, gorda como la gata de una abuela. Lo primero que pensé fue que esta casa no era el único lugar al que iba a comer, lo cual era ofensivo. Pero al cabo de un rato de tenerla encima descubrí que allí dentro, en su panza, vivían gatitos. Me aterré, la puse en el suelo y se fue corriendo. Fui a contarle a Teo. Pensé que no podíamos hacernos cargo de más seres vivos en esta casa. Ni siquiera recuerdo cómo permití que entrara Ani. Un ser vivo e indefenso en mi hogar es un crimen anunciado. Cuando vivía sola tuve una planta y murió: era un cactus. No puedo hacerme cargo de gatitos y al mismo tiempo hacerme cargo de mi sintaxis. Entonces encontré a Teo con cara de amor, abrazado a la gata envuelta en su mantita. Espanté de mi mente la idea horrorosa de que me confesara que los gatitos eran de él. “Está embarazada”, dijo feliz. Yo sonreí resignada. Ani ronroneaba y sus ojos azules mostraban un brillo descomunal: el brillo de la victoria.