martes, 15 de julio de 2008

Usted es un ser repugnante

La señora a mi lado, en el subte, me codea para que no le de monedas a la chica del bebé: “Los alquilan”, me dice al oído y siento el aire caliente que sale de su boca y me recorre el cuello. No me gusta que me soplen. Teo lo sabe perfectamente. Cada mañana él se levanta antes que yo y entonces se le da por ponerse juguetón. “Hola linda”, me susurra al oído, y luego me sopla el cuello. Es un soplido corto, sutil, amoroso, según él. Pero yo lo odio. “Basta”, le digo, “que no me soples te he dicho”. Esta mujer hizo algo parecido, pero ella no es Teo, ni alguien que –ni remotamente– quisiera que se acercara a mi cuello. Y vuelve a hacerlo: “Los alquilan”, dice, sopla. Quiero empujarla de su asiento, tirarla al suelo y pisarle su frente tapizada con ese flequillo esponjoso: “¡Uy perdón, no me di cuenta de que era su frente!”, le diría. Cada vez que alguien le da una moneda a la chica del bebé esta señora dice lo mismo: “Los alquilan, los alquilan, los alquilan”. Yo me corro hacia un lado, ella me sigue, me codea: “Los alquilan, los alquilan”. Podría darle un golpe en la espalda para ver si escupe su tara. La chica recorre el pasillo. Un hombre pelado le da una moneda, una adolescente de pollera a cuadros la ignora por completo, un nene de guardapolvo mira a la criatura dormida por encima de sus lentecitos y después bosteza. Cuando la chica se me acerca la mujer dragón se pone tensa, respira pesado. Yo saco un billete de cinco pesos y se lo doy. La chica abre sus ojazos tristes y afloja los brazos, si alguien le dijera ¡bu! el bebé se le caería, rodaría por el suelo y la señora a mi lado aprovecharía para pisarle su cabecita dopada: “¡Uy, perdón, no me di cuenta de que era una cabeza!” Nadie dice bu, pero la señora vuelve a codearme: “Sos una desubicada”. Su aliento me quema el cuello. Entonces yo la miro, respiro hondo y le soplo la cara a todo pulmón. Su flequillo –o ese gato que yace en su frente– permanece impasible. “Usted es un ser repugnante”, le digo, y me bajo en la estación siguiente.