Cuando la persona con la que uno vive se va de viaje es difícil decidir el tipo de vida que se quiere llevar en su ausencia. Porque no es lo mismo acomodar tus días a los hábitos conjuntos, que verte de repente sola y con un mundo de posibilidades domésticas gritándote a la cara: ¡dormí hasta tarde, no te bañés, pedí pizza, matá al gato! –mis posibilidades domésticas hablan argentino. Y es que uno no se da cuenta cuando está acompañado, pero hay muchas cosas que no se hacen por gusto sino por que sí. Ir al supermercado es un gran ejemplo, allí uno descubre que ha dejado de comprar ciertas cosas porque al otro no le gustan, o bien, se ha acostumbrado a comer algunas que aborrece. Eso sucede cuando el chico de la verdura te dice con ojos brishosos y voz de dealer: “Hay apio, señora, apio fresco” y tú te le contestas “¿Apio?, yo odio el apio”. Y el pibe pone cara de estar frente a una desquiciada, dado que todos los sábados de su vida te ha despachado cualquier cantidad de esa porquería que la gente come y se llama apio. Este fin de semana Teo no estuvo, fui sola al supermercado y tuve varias escenas como ésa. Para empezar, yo siempre me quejo de tener que ir al super, mientras que para Teo es como llevarlo a un SPA lleno de geishas que te entierran sus deditos milagrosos en la espalda. El tipo va feliz, excitado, se plantea dilemas: “¿Habrá pescado fresco? El mate se acabó, ¿no? ¿Vos querés algo en especial, Princi?” Y una dice cualquier cosa: “Mmm, apio”. Así se instalan las grandes confusiones en un matrimonio. Pero esta vez, sola, descubrí que el supermercado es un universo interesantísimo en el que la gente revela mucho de su vida cuando intenta resolver conflictos del tipo precio/calidad, rico/saludable, o fija los ojos en un producto buscando desesperadamente la leyenda ¡si me mezcla con agua rindo más, señora! Pero al cabo de tres horas de pulular por las góndolas, y pagar el doble de lo que pagamos siempre, también descubrí que para ir a ese lugar hace falta más que un interés antropológico. Se lo dije a Teo esa noche cuando llamó. O no exactamente, pero le dije que hoy me había tenido que bañar para ir al super y que las cosas estaban tan caras y que odiaba el apio. Él me dijo lo siento Princi y yo le dije que lo extrañaba, que es otra forma de decir todo esto.