sábado, 26 de julio de 2008
¡Merde!
Que es buena suerte, me consuela E. cuando le digo que Buenos Aires está cundida, saturada, alfombrada en mierda de perro, y que esa mierda encuentra muy placentero el hecho de posarse en la suela de mis zapato. Así que si es buena suerte, por favor, que a alguien ponga ya mismo ruletas en los parques. Hacerme rica, eso sí que me consolaría. El escenario es este: llueve, hace frío y acabo de hacer dos cosas que se están volviendo muy habituales: comprar un paraguas y restregar la suela de la zapatilla en el pasto. Me encuentro con E. en la esquina de Retiro para ir a tomar un café, viene encapuchado y sonriente, lo saludo y es cuando le digo lo de la mierda. Le digo también que la lluvia convirtió mi pelo en virulana y que cambiemos el café por un tazón de chocolate o, mejor, por una copita de brandi. E. tiene que volver a la oficina, lo cual es típico de la gente que trabaja en oficinas. Esta gente tiene demasiadas limitaciones en la vida, como no poder hacerle un mimo a su hígado al medio día. Optamos por el chocolate y E., que ha encontrado en el tema de la mierda de perro un imput interesante, me habla de un libro en el que se exponen casos de cómo distintas ciudades que padecen este problemilla han decidido manejar el asunto. Las vías de solución se resumen en poner multas o cobrar un impuesto para que la municipalidad se encargue de levantar la caquita de Ruffo o convencer a la gente de no levantar la mierda de su perro equivale a bajarse los pantalones y agacharse en la vereda. La censura social es siempre lo más efectivo, pero también lo más difícil de conseguir. Le digo a E. que la veo complicada en Buenos Aires –y le pido perdón por el ensañamiento pero resulta que vivo acá–, teniendo en cuenta que en esta ciudad las mascotas tienen cierta inmunidad, y la señora que pasea al perrito por el parque se pone en actitud de querer restregarte su caquita en la cara cuando le dices que haga el favor de alejar a su perro, señora, por favor, que no me gusta que haga eso tan cerca de mi, ¿puede ser? Ya he estado en esa situación y la respuesta de la señora suele ser un latigazo del tipo: “Vámonos Bichi, que acá no te quieren”. Y el perrito llora, seguro que lo pisa. Y resulta entonces que al final la perra es una. Según la suela de mis zapatos, eso sí, una perra muy afortunada.