jueves, 15 de octubre de 2009
Algo tan hermoso
Hace días llovió en Buenos Aires. Llovió fuerte y cayeron piedras de hielo que hicieron pequeños cráteres en la tierra. Fue una lluvia violenta y, sobre todo, fue una lluvia incesante. Al día siguiente Stella Maris estaba tristona y me dijo que no había dormido bien. Que cuando llovía como había llovido la noche anterior ella prefería quedarse quieta, sentada en la cama, esperando a que pasara lo que tuviera que pasar. Y eso la tensionaba. Otras personas en estas situaciones rezan, pero Stella Maris no reza porque no sabría a quién. La lluvia consigue que mucha gente se sienta vulnerable. La lluvia violenta, como la de hace unos días. Y no sólo porque el agua se estrella contra los techos y el pavimento haciéndonos creer que en cualquier momento los va a rajar, sino porque te da una sensación de impotencia frente al mundo, que viene con la necesidad de aferrarte al brazo más cercano. Stella Maris, me dijo, no tuvo brazo al que aferrarse porque el marido estaba de viaje y, aunque hubiera estado en la casa, el marido de Stella Maris duerme como una momia: aferrarse a su brazo habría sido lo mismo que aferrarse a una almohada, sólo que más fofo. Así que se pasó la tormenta sola, mirando lejos, contando las grietas del techo de la habitación. Cada tanto cabeceaba, pero después había un ruido que la despertaba: un golpe constante en la ventana del living que mira a la vereda. Stella Maris no quería levantarse, tenía el cuerpo entumecido por los nervios. Pero el ruido se hizo muy molesto, así que se levantó, abrió la ventana con cuidado y unas gotitas le pegaron en la cara y le dieron escalofríos. Afuera había un perrito desgonzado y moribundo que alzaba la patita. Stella Maris miró a un lado y al otro, la vereda estaba desolada. Como su ventana tiene rejas tuvo que salir a rescatar al perrito; agarró un toallón y un paragüas que no bien puso un pie afuera se le voló. Y así, toda empapada como estaba, Stella Maris alzó el perrito y lo entró a su casa. Me contó que estaba medio inconciente el pobre, y lo secó, le hizo una camita al lado de la estufa. Se sentó al lado y se quedó dormida sin darse cuenta, quizá por la compañía, dijo, que la tranquilizó y ya no le dio tanta bola a la lluvia. Al día siguiente la levantó un rayo de sol que entró por la ventana. Había parado de llover. Ahí el relato de Stella Maris se detuvo y se llevó las manos a la boca. Le pregunté qué le pasaba, parecía a punto de llorar y Stella Maris nunca llora, eso sí que no. Pero entonces tragó saliva, recuperó su porte recio y me dijo que el perrito había amanecido muerto, por ahí tomó mucho frío, explicó. Esa mañana lo había tirado en un tacho, en la calle, y se había venido a trabajar. Y camino a casa, me dijo después como quien dice hola qué tal, descubrió que hacía una mañana radiante, que la tormenta había limpiado el cielo y lo había dejado de un azul intenso. Y que eso le gustaba tanto, que eso era algo tan hermoso.