lunes, 19 de octubre de 2009

Lorena

Hay un señor chiquito que tiene una hija enorme y redonda. Son vecinos de un amigo de Teo y nos los hemos cruzado varias veces, entrando o saliendo del edificio. Siempre los vi juntos, pero el otro día, que Teo estaba viendo el partido Argentina-Uruguay en casa de este amigo, me encontré a la hija en la puerta fumándose un porro, sola. La chica debe estar por los dieciséis años. Me saludó muy amable y, como a mí el fútbol ni fu ni fa, decidí quedarme un rato con ella, charlando. Le pregunté por su padre y me señaló con el hocico una ventana del edificio. Le pregunté si no le gustaba el fútbol y ella negó con la cabeza: “No me gustan los pibitos”. Supongo que se refería a los jugadores y le di la razón: “A mí tampoco”. Me ofreció una pitada, estaba fumando en una pipa pequeña y amarilla, la yerba se quemaba en la cabeza de Bart Simpson. Le dije que no gracias y ella se llevó la pipa a los labios, me guiño un ojo como quien dice: “Uh, soy rebelde y mala y mi sobrepeso me chupa un...”. Era una adolescente que exponía frente una desconocida todos sus clichés. ¿Y quién no ha hecho eso alguna vez? No había por qué juzgarla, pero me dio un poquito de pena. Mientras la miraba sonreírse con su boquita ahumada me dieron ganas de decirle: “Tranquila, todo esto se te va a pasar”; y pensé que envejecer debía consistir un poco en eso: reconocerse con cierta condescendencia en la ridiculez de los más jóvenes. La chica redonda me dijo que su padre le había dicho que yo era escritora y que –oh, sorpresa– ella me tenía una historia. Yo asentí y alcé las cejas en señal de interés. La chica me contó entonces de una tal Lorena, compañera suya del cole: “Una reverenda puta”. “Ajá”, le dije yo y asentí, en señal de que continuara, por favor. Ella me dijo que ésa era la historia: “No hay nadie más puta que Lorena”, y largó una risita entrecortada como si alguien le estuviera dando palmadas en la espalda. Después volvió a fumar y largó una bocanada que se disolvió rápido y sin ninguna gracia; tiró el restito de yerba a la vereda y se guardó la pipa en el bolsillo. Noté que tenía los ojos delineados grueso, como un mapache. “¡Goool!”, se escuchó en todas las ventanas. Y la chica redonda volvió a largar su risita espasmódica: “Lorena, rrreputa”, balbuceó. Le dije que iba a subir para ver la repetición y ella alzó los hombros. Cuando iba a tocar el portero eléctrico para que me abrieran apareció su padre, chiquito pero sonriente; abrió la puerta, me saludó y miró a su hija: “Vení, Lorena, que anotamos”, le dijo, contento. Pero casi enseguida puso cara de molesto y se acercó a la chica: “¿Otra vez te pintaste? –le agarró la cara con sus manitas de nene–. Parecés una puta”, dijo. Y Lorena lo miró sin ganas, aburrida, como quien dice “bah, qué novedad, como si el mundo entero no supiera”.