jueves, 8 de octubre de 2009
Rarezas
Cuando era chica creía que la persona más rara que conocería en la vida era la coreana que entró al colegio en tercero de primaria. No recuerdo su nombre, pero le decíamos Hochimín Comeperros. La composición racial y social de mi ciudad era groseramente homogénea: los más blanquitos de un lado, los más oscuritos del otro y alguno que otro árabe advenedizo que llegó a vender telas y terminó vendiendo edificios. En cuanto a religiones también éramos bastante parejos: la grandísima mayoría decía pertenecer a la Iglesia católica romana y apostólica; los protestantes eran unas personas locas que tocaban a la puerta de la casa para molestar, y mi mamá nos decía que los mandáramos al diablo con una sonrisa amable, no fuera que la locura se les alborotara y nos mandaran ellos la mano a la cara. En Buenos Aires, a pesar de que la mayoría de personas que me cruzo en la calle podrían ser primas entre sí –y de que hasta los oscuritos locales son luminosos frente a mí–, me encontré con algo que me resultó tan exótico como Hochimín a los ocho años: los judíos. Porque lo más cerca que estuve en mi vida de relacionarme con judíos fue Ana Frank, Woody Allen y Jerry Seinfeld, en ese orden. En mi ciudad lo más parecido a un judío que van a encontrar es un una judía, y eso es un poroto que se usa para hacer guisos. Ahora, acá, tengo varios amigos judíos casados con judíos, sus hijitos judíos –y más: vivo con un judío que no ejerce porque también es ateo. Las primeras veces que les oí decir Iom Kipur, con ese acento porteño tan distinto al niuyorkino, yo realmente pensé que me estaban hablando del gusto de un helado. Acúsenme de provinciana, lo acepto, pero es lo mismo que si de un día para otro usted se muda a Cartagena y se tropieza en la vereda con unos niños negros bailando el Mapalé; y eso no es ningún acontecimiento. Pero si un local viera su cara en ese momento, le aseguro que se acercaría disimuladamente para decirle: haga el favor de cerrar la boca. Acá en Buenos Aires no es que haya visto nada que me deje la boca muy abierta, pero con los judíos, al principio, me amagaba la quijada… ¿el guefil qué? Era raro. Si mi amigo B o mi amiga F decían que no querían mayonesa, por ejemplo, yo chasqueaba los dedos, elevaba al frente el dedo índice y decía ah, claro, porque… Y asentía con esa mirada de quien por fin entiende algo. Con el tiempo y la confianza empezaron a anteponer a cada cosa que decían la aclaración: no es porque sea judío, pero el membrillo no me va. Y así. Fue todo un aprendizaje y al final, como todo, me acostumbré. En cambio, sin que esto sea un reproche, a veces me parece que ni ellos ni los otros se acostumbran aún a mi rareza, quizá porque está expresada en singular, como la de la pobre Hochimín. Para mí, estar del lado del que se sorprende ante lo que no le es familiar fue un paseo del que ya volví; mi lado acá es y será siendo el otro, y eso sí que es raro. Pero supongo que esto ya lo saben los judíos.