lunes, 5 de octubre de 2009

La Señorita Mala

A veces me encuentro con mi amigo R en un bar que queda sobre Niceto Vega, cuya única virtud es que tiene una terraza semiabierta donde él puede fumar a sus anchas y largas. Hace unos días nos volvimos a ver en esa terraza y nos atendió una mesera que ya conocíamos y que está bastante cerca de encarnar el monumento universal de la mala onda. Claro que mala onda no es una expresión ni remotamente acertada para describir a esta chica, a quien llamaré, simple y llanamente: La Señorita Mala (LSM); yo creo que esta chica raya en la perversidad. Y no solamente la perversidad de escupirte el trago, sino esa otra que consiste en mirarte con ese aire superior que revela sus deseos de que te atores con el maní, que te resbales por la escalera y tu cara se estrelle contra el mero piso. En los ojos de LSM es posible ver planos de esas escenas que imagina: el charco de sangre, los gemidos de dolor. Esta vez, R quiso manejar la situación: juró que le sacaría una sonrisa a LSM o, cuando menos, le haría pronunciar una frase, no se diga dulce, pero sí cordial: “Espero que cuando salgan a la vereda no los maten”, o algo así. Pero R, que es chileno y tiene la extrañísima idea de que su acento seduce, encaminó el intercambio con LSM por otro lado. Ella le siguió la corriente con risitas falsas, trayendo quesitos, papas fritas que nadie le había pedido. “No queremos eso”, le decía yo, y LSM hacía esa expresión como quien se pregunta: “¿Alguien oyó el zumbido de una mosca?”. Cuando acabó su turno se sentó al lado de R y le contó su vida: que era grafóloga, que las letras le parecían la cosa más hermosa del universo porque formaban palabras bellas como “Chile” y que lo que más odiaba en la vida era ser mesera. Se quedó callada, se tomó el vaso de cerveza, pidió otra y los ojos se le hicieron agua espesa, un pantano. Sentí pena por LSM, cuando uno odia lo que tiene que hacer todos los días le entran ganas de pegar cachetazos a diestra y siniestra. LSM se pasó una buena parte de la noche en nuestra mesa hasta que dijo bueno, voy al baño y, zaz, desapareció. Nos llegó la cuenta y era como si nos hubiésemos bebido todos los bares de Buenos Aires, la provincia; había una lista de cervezas importadas que R y yo nunca vimos ni en propaganda. A R le fue entrando como un sopor, como un ahogo, como unas ganas de toser. Tosió. Yo le expliqué al nuevo mesero que esa cuenta estaba mal. Él dijo que esa cuenta la había cerrado su compañera y que ya se había ido. Alzó los hombros. Asomé la cabeza por el balcón, la noche helada me pegó como un látigo en la frente; en la vereda no había rastros de LSM. Debía ir lejos, riendo a lo brujilda, rumbo a su guarida. La imaginé sentada frente a una mesa ratona sacando letras de un tazón, formando con ellas sus palabras favoritas: veneno, podrido, Schwarzbier. Imaginé que las ponía de vuelta en el tazón, que las revolvía y hacía con ellas su pócima de la maldad y que, después, se la tomaba con los ojos cerrados.