miércoles, 30 de septiembre de 2009
La muerte del habano
En un restorán clandestino, en la frontera confusa entre La Boca y Barracas, hay un saloncito brumoso donde cada día mueren decenas de habanos. Esto sucede en un ambiente escasamente iluminado, al pie de vasos vacíos, que alguna vez contuvieron buen wiskhy, y al son de los últimos acordes de una conversación impúdica. Estos habanos tienen el privilegio, o la desgracia –depende– de ser chupados por labios poderosos; esos que, estadísticamente, suelen tener un color grisáceo y una textura mohosa a la vista. Cuando el empleado a cargo va a la mañana siguiente a reconocer los cadáveres, se encuentra con mutilaciones feroces. El último caso duro fue hace dos noches: era un habano “Montecristi” –a quien sólo una i lo alejó en vida de la perfección–; pertenecía a un señor político, a quien llamaremos Don Balbino, y estaba cortado al medio, mordisqueado y húmedo de baba rancia. Cuando el empleado lo encontró, el habano despedía un hilo de humo débil, seguía vivo. Pocas veces encontró el empleado un habano vivo a esa hora de la mañana, pero Montecristi –a pesar de su “i”– era de los buenos y allí estaba, agonizando frente a él. El empleado aprovechó para servirse un poco de wiskhy de una botella que había en la barra, porque en la mesa, salvo los cadáveres de los habanos, no suele quedar una gota de nada: no suele quedar un maní. Y mientras él degustaba su bebida con los ojos entrecerrados, tuvo la sensación de que el habano sufría de verdad: Don Balbino era tan corrupto que cada vez que chupaba al Montecristi debía inyectarlo de veneno; el pobre habano se convertía en cómplice de su boca sucia, de su aliento culposo, su gastritis crónica degenerada recientemente el úlcera. El empleado había escuchado que la mejor forma de morir de un habano era aplastándole la cabeza humeante con un zapato italiano. Miró sus zapatos: eran unos Tooper. Pero viéndolo en ese estado lamentable le pareció que la marca del zapato sería lo de menos. Se levantó de la silla donde la noche anterior había posado su culo prominente Don Balbino y se dirigió a la barra. Lo primero que hizo fue rellenar su vaso, lo segundo que hizo fue buscar un CD de Celia Cruz. Lo puso en el equipo de música, eligió la canción que le pareció más acorde para acompañar la expiración de Montecristi y subió el volumen: Cuando salí de Cuba / Dejé mi vida dejé mi amor… Caminó de vuelta a la mesa y cuando el habano estaba por apagarse, cuando el humo que salía era comparable al suspiro difícil de un pulmón devorado por la nicotina, el empleado lo tomó entre sus dedos, lo posó delicadamente en el piso y lo aplastó. Y no supo por qué –quizá porque recién descubría lo fugaz y sombría que podía ser la vida de un habano–, entristeció. Pasó el mal trago con uno de wiskhy y, después, bañó los restos del Montecristi con lo que quedaba en su vaso.