sábado, 5 de septiembre de 2009

Tan cerca y tan lejos

El sábado a la mañana, por casualidades largas de explicar, tuve que ir a Pilar. Me sorprendieron dos cosas más bien idiotas: 1) lo lejos que queda de Buenos Aires 2) lo “exótico” que me resultó el lugar. No suelo ir a Pilar, ni siquiera conozco a nadie que viva ahí. Alguna vez, sí, me he cruzado con estos personajes de countries que abren el diálogo con un comentario sobre lo fácil y rápido que es llegar a su casa; porque algo que pasa con la gente que vive lejos de Buenos Aires es que tiende a manifestar repetidamente, y aunque nadie se lo haya preguntado, que no vive lejos. Dicen esas cosas como que al centro se llega en diez minutos, que no es sino agarrar la autopista y ahí mismo, en lo que dura un pestañeo, se alcanza a ver el obelisco. Volviendo a lo exótico, camino a Pilar la ruta va cambiando de aspecto, se va emprolijando hasta que llega al punto de parecer una ciudad americana. Tanto que, de pronto, los carteles de los clubes, countries y negocios, te hablan en inglés: Martín Dale, Spring Dale, Big Fravega, Business School. De vez en cuando aparece el nombre de una yegua, o bien, el de una o varias señoritas tradicionales bautizadas como su abuela: La Delfina, por ejemplo, o Las Azucenas. El caso es que, cuando uno entra en un territorio como éste, entra en una escenografía casi del todo extranjera, mezclada con ese aire camperil fino propio de quien emigra a los suburbios. Después, en los barrios privados, se ostenta esta actitud silvestre de niños jugando en las veredas y casas con las puertas abiertas. Porque otro tic de los vecinos lejanos de la bella, caótica y violentísima Buenos Aires es, obviamente, el de la seguridad. Ja!, se te ríen en la cara, se ponen extremos: “esto es tan seguro que uno deja las llaves del auto puestas”… Y esas cosas que dicen. Siempre me pregunto por qué uno habría de hacer semejante cosa, ¿cuál es el placer oculto en dejar las llaves del auto puestas? Supongo que son respuestas que uno puede darse sólo si vive en un barrio privado; que esas son las cosas que se inculcan en el seno de los hogares. Lo de la negación sistemática de la distancia, en cambio, me parece más notable. Después de todo, el principio de abandonar Babilonia tiene que ver con comprarse la tranquilidad que allá nadie les regala; pero irse implica también alejarse y alejarse implica perder un poco. A nadie le gusta aceptar que perdió algo, menos a quienes creen haber ganado tanto, que hasta ganaron esta convicción extraña de que estar cerca o lejos no es una cuestión fáctica, sino de actitud; de que el espacio que los separa de Buenos Aires está completamente divorciado del tiempo. En términos de ganar o perder, los vecinos lejanos han ganado para sí una linda, aunque insostenible, ilusión. Y eso sí que nadie se los roba.