lunes, 7 de septiembre de 2009
Un gentil muchacho
Era un gentil muchacho sesentón, ya con esa actitud motriz que parece la antesala de un mambo suave; caminaba con pasos pausados, graciosos, cadera para allá, cadera para acá, un resorte en los pies. Solía usar esa remera rosa tipo polo, ajustada y encajada en el pantalón de pliegues, cinturón delgado. Cuando saludaba a sus colegas y amigos, lo hacía con abrazo generoso y palmadas en la espalda; gran sonrisa en la cara: “¿Cómo va?”, y avanzaba en su bamboleo. Era uno de estos muchachos que conoce o dice conocer muchos nombres conocidos, y que para enterar a los demás de ese detalle usa el mecanismo que consiste en pronunciar casualmente un nombre de pila y, tras una pausa lo suficientemente larga como para sospechar que ha sufrido una apoplejía repentina, revelar el apellido. Algo así: “…sí, claro, porque el otro día hablaba con Alfredo… –pausa dramática, mirada fija en la cara del interlocutor, ceño semifruncido, misterioso, y por fin…– De Angeli, y me decía que bla, bla, bla”. La pausa en el medio demuestra que el otro necesita aclaración, y que él, en su bondad extrema, está dispuesto a proporcionársela. Este muchacho siempre parecía contento; cuando detenía su paso, apoyaba las manos en sus ancas y ladeaba la cadera. Normalmente, tras conseguir esa pose difícil, lanzaba un chiste malo. Entre más malo mejor. Eso demostraba que ni siquiera necesitaba ser gracioso. Que ya tenía demasiado en la vida como para que, encima, fuera gracioso. Otra característica del muchacho sesentón era que le gustaba hablar de sus frustraciones. No detenerse, ni regodearse, ni ponerse prosopopéyico, era una mención al pasar. Pero al hablar de sus frustraciones encontraba una oportunidad para recalcar las virtudes de su vida. Esto sucedía mas o menos de la siguiente manera: “Ja, quien fuera joven para pasear en moto, yo, a mi edad, me conformo con andar en mi convertible por la Costanera, dejar que el viento revuelva mis canas... Soy viejo, tengo mis mañas”. A veces, en las fiestas familiares, el muchacho bailaba. Agarraba a la nieta menor, la subía sobre sus pies y la hacía danzar a su antojo. La nieta temblaba de la pura risa. El muchacho hacía lo mismo con las nietas mayores, luego con sus hijas y sus nueras, y así, hasta llegar a su mujer, a quien sostenía por la cintura y besaba en los labios con el primer acorde; ella se sonrojaba, miraba a los lados y lo retaba con cariño: “basta, che, no estamos para estas cosas”, y él, tarareando el bolero que sonara, le posaba delicadamente la mano en el culo. Entonces todos lo aplaudían. Al final de la canción, como al final de cada día, el muchacho, sólo por costumbre, hacía una reverencia: no era para su señora, ni para ninguno de los presentes; era para sí mismo, quien más se la merecía.