miércoles, 23 de septiembre de 2009
Lujos
Tengo un par de amigos, G y M, que saben todas las cosas que yo querría saber. Y tener acceso más o menos directo a ellos debe ser uno de los pocos lujos que tengo en la vida. Teo y yo no tenemos muchos lujos, somos más bien parcos en casi todo, salvo en algunas cosas muy puntuales que casi siempre tienen que ver con libros o películas o series de televisión. También nos gusta el jamón ibérico y el foie gras, y todas esas cosas bien inaccesibles; pero, justamente, como no es ni remotamente usual tenerlas en casa, es mejor no obsesionarse. Pero decía que G y M saben muchas cosas que yo querría saber y por eso, cuando los veo, trato de tomar nota mental de todo lo que dicen. La última vez que los vi, hace unos días, lo de “mental” no me bastó; saqué mi libretita roja y mi birome bic y anoté cada cosa que dijeron: leer a tal, oír a cual, mirar la serie nueva de equis, estar atento al artista yé. Todo lo que dijeron era nuevo –cada vez que los vi dijeron cosas nuevas para mí. Pero, para efectos de esta columna, lo que digan o dejen de decir es lo de menos (para eso está su revista, aprovecho para mencionarla, se llama Otra Parte y se consigue en librerías); lo que importa acá, lo que maravilla, es tan simple como que G y M existan. Juro que sí. Son gente que encarna perfectamente esa idea antigua de “ser culto”, aunque así dicho se le sienta un tufillo a pachulí… digámoslo más claramente: ellos saben cosas que ya no le importan mucho a nadie, y que no importan porque no circulan, y que no circulan porque no importan, y así. Las personas que no son G y M están preocupadas por otro tipo de información que se valora más literalmente. Es esa gente que en medio de una cena concurrida te pasa una tarjetita por debajo de la mesa: “Es el número de mi mecánico”, susurra, sigilosa; o que estira el cuello como un avestruz para depositar en tu oído una información generosa que te cambiará la vida: “Invertí en alpaca, en un año se triplica”. En esta época, las cosas que saben G y M son cosas que la gente no considera esenciales porque no lo son. Es decir, no pasa nada si uno no las sabe. Y si uno las sabe, la vida, en términos prácticos, no te cambia en absoluto. Son cosas que uno atesora por el puro gusto, y que nadie se desvive por contártelas en secreto. O sea, de todos los saberes imaginables, el de G y M, ése al que hoy le dedico 2600 caracteres y todos mis respetos, debe ser uno de los más inútiles. Y por eso, por no necesitar razones ni adeptos, me parece un lujo delicioso. Un lujo que, por suerte –y por desgracia, con perdón–, está más cerca que el de colgar una pata de chancho en mi cocina, o el de abrazarme, apasionada, al que fuera el hígado de un pato obeso y borrachín.