miércoles, 2 de septiembre de 2009

Beck

Beck trabaja todos los días como cajero de un supermercado. Entra a las 9, se levanta a las 5. A veces le cuesta levantarse tan temprano, pero lo hace para correr un poco antes de irse a trabajar; le gusta desayunar mate cocido; le gusta que su madre le planche la remera antes de salir: así se va calentito. Lo que pasa es que su madre no vive en Buenos Aires sino en Corrientes, por eso lo de la planchada se le dificulta. Lo demás trata de cumplirlo al pie de la letra porque para Beck lo más importante en la vida es mantener las rutinas. ¿Por qué tanto rigor, Beck? Le preguntan sus amigos más advenedizos, esos que fuman porro a la temprana tarde y no lo conocen lo suficiente como para saber que el rigor es algo a lo que Beck se hizo adicto desde muy temprano, gracias a su vieja. Cuando sale de su casa cada mañana, bañado y peinado como para ir a la escuela, Beck se toma el colectivo 59 y el subte A. Cuando llega al trabajo saluda a la señorita Marcela, su supervisora, y recibe la caja con bloques de monedas para cambio. El cambio nunca es suficiente, dice Beck, hay un problema de flujo de monedas en la ciudad. Beck acentúa la “u” de flujo. Nadie sabe por qué hace eso. Lo que menos le gusta a Beck de su trabajo son los clientes impacientes, esos que dicen en medio de la fila: “no tengo todo el día para esperar”. Beck no es impaciente, no puede serlo, para estar sentado todo el día en una caja, con esa visera roja, hay que tener, primero: concentración; segundo: paciencia. Lo que más le gusta a Beck de su trabajo es la hora del almuerzo. Su reloj tiene una alarma que suena justo a la una, entonces Beck se para de la caja, se saca la visera, saluda a sus compañeros, a la señorita Marcela, y sale del súper. La milanesa napolitana, el asado de tira y los fideos con tuco: esas son las comidas preferidas de Beck. Casi nunca las come en la calle porque cuestan más de ocho pesos con bebida, y ocho pesos con bebida es lo que Beck tiene para almorzar todos los días. Beck almuerza sanguchitos, mayormente. La quatro pomelo le parece una bebida refrescante. La coca cola le da dolor de panza. Lo que más le gusta de la jornada de la tarde es cuando se termina: entonces Beck toma el colectivo 59, el subte A, y llega a su casa pasadas las diez. Los días que le pagan, Beck sale del trabajo y cena en un parrillón. Los días que le pagan, la señorita Marcela le hace chistes: “a ver cuándo me invitas una cerveza, Beck”. Y é baja la cara y se sonroja. El resto de los días Beck cena polenta y la señorita Marcela no le dice nada. Cuando Beck se acuesta en su cama, cierra los ojos y casi enseguida se queda dormido. Eso, quedarse dormido, a Beck no le cuesta ningún trabajo.