jueves, 27 de agosto de 2009

Aferrarse

Hace pocos meses mi amiga Flory se había comprado un gato. Después de separarse de su chico, decía, necesitaba sentirse acompañada. Con tan mala suerte que el gato se enfermó y murió en una camilla de fórmica después de una larga agonía. Ahora Flory dice que nunca más volverá a aferrarse a algo y yo le digo que mi madre estaría de acuerdo. Mi madre suele decirlo: “Quien se aferra, sufre”. O sea, que el sufrimiento es directamente proporcional a la cantidad de sujetos de aferramiento que uno tenga en la vida. Parece simple. La muerte del gato le produjo a Flory un shock gravísimo que involucró, según ella, un brote de angustia, un pico de estrés, un ataque de pánico... Flory se toma su tiempo enumerando las afecciones que el psicólogo le diagnosticó; también se toma su té de yerbas para los nervios. Últimamente no tiene apetito: está flaca y lánguida como un lingüini, lo cual no afecta para nada su belleza; aún puede mirarse al espejo y, tras detallar los rasgos perfectos de su cara, suspirar de agotamiento. Pero está a punto de deprimirse y su psicólogo le insiste en que compre otro gato. Le dice que necesita hacer algo con el cariño que le sobra y que no sabe dónde depositar, y que para no empezar a equivocarse en sus elecciones de pareja lo mejor es aferrarse a una mascota. Dos aclaraciones: 1) Flory no tiene ningún problema en depositar el cariño que le sobra en ella misma. 2) Flory no tiene que empezar a equivocarse en sus elecciones de pareja porque ya empezó hace mucho tiempo. “Quizá no necesito un gato”, dice, o pregunta, no sé. Luego me cuenta que el otro día estuvo en un coctel de trabajo y conoció a un diputado muy guapo. Entrecierra los ojos y asiente sin razón aparente: yo no le pregunté nada. “Aja”, le digo. El tipo debe ser casado o narcotraficante o cualquiera de esas cosas que le resultan atractivas a Flory. “¿Por qué vas a cocteles de trabajo, si estás de vacaciones?”, le pregunto. Ella alza los hombros. En la mesita ratona de su living hay una foto del gato difunto en una canasta de mimbre alzando una patita, como si alguien le hubiese dicho: “saluda a la cámara”. “¿Cómo se llamaba?”, le pregunto. Ella lo mira, frota las manos delicadamente contra sus muslos: “No tenía nombre”, confiesa. Luego me pregunta qué hacen los diputados. “¿Dónde?”, le pregunto. “No sé, en su trabajo”. “Cagadas –le digo–, están obligados por ley”. Flory se queda callada por un rato; vuelve a mirar la foto, sorbe su té: “No necesito aferrarme un gato”, dice, más determinada. Y después, irguiéndose en su silla, con un desparpajo abrumador, se roba la cita de mi madre: “Quien se aferra sufre, ¿sabés?”. “Sí –le digo–, yo sé”.