lunes, 17 de agosto de 2009

Fugaz

En la calle Bolívar, casi a la altura del Colegio Nacional de Buenos Aires, hay unos andamios. El otro día iba caminando por ahí y vi a una chica trepada a una tabla del andamio, haciendo equilibrio. Hacía esa pose que consiste en inclinar medio cuerpo hacia adelante, desplegar los brazos a modo de alas y alzar una pierna hacia atrás. Esta chica tenía las piernas mas largas que vi jamás. Llevaba una pollerita gris y unas calzas negras, y el pelo le caía a cada lado de la cara, enmarcando su sonrisa. Era una chica preciosa, una especie de criatura mitológica mitad niña, mitad ave. “¡Mirá esto!”, le gritaba la chica a otra chica que la esperaba sentada en la vereda. La otra chica, a quien llamaré Repollo por su complexión física, la miró por un instante impreciso y le dijo “¿que querés que mire?”. Piernas largas no contesto. La pose duro unos diez segundos en los que tembló seriamente un par de veces y sus ojos marrones se llenaron de ese líquido pantanoso y negro que produce el miedo. Esas dos veces imaginé que, si caía, algunas partes de su cuerpo lánguido y liviano se iban a golpear con los hierros de la estructura y, finalmente, su belleza se estrellaría en un golpe fulminante contra la vereda. En esos diez segundos su amiga Repollo, concentrada en algún elemento amorfo constitutivo del aire, bostezó dos veces y se echó hacia atrás, apoyando los codos en la vereda. Piernas se mantuvo esplendida, con sus extremidades dibujando perfectas líneas rectas y su sonrisa ocupándole una buena parte de la cara. En un momento, un mechón delgado de pelo le cayo muy cerca del ojo izquierdo y ella se lo sopló: ahí fue cuando tembló por primera vez. La segunda vez tuvo que ver conmigo, que me había quedado mirándola todo ese tiempo y cuando ella lo notó giro su cabeza hacia mí; ese temblor fue mas violento, pero lo superó y volvió a su pose rígida, pero graciosa, para completar dos segundos más. Después bajo su pierna larga y descansó. Entonces su cuerpo se encorvo como un garfio. Su boca, en ausencia de sonrisa, se volvió una línea curvada hacia abajo que le daba una expresión tristísima. Dio un salto para bajar del andamio y cayó, torpe, en la vereda. Se estiro la pollerita y le dijo a Repollo: “¿Vamos?” Las vi alejarse, toscas, desgarbadas. Me puse reflexiva y formulé mentalmente tres ideas: 1) tendríamos que poder conformarnos con lo bello aunque sea efímero; 2) la evolución lógica de la belleza suma es la fealdad extrema; 3) dos segundos, a veces, es todo lo que se necesita para atravesar el límite. Lance un suspiro, decepcionada, y seguí mi camino.