sábado, 1 de agosto de 2009

Congelados

El bar del parador de omnibus es atentido por una señora que sonríe. La señora explica que la estufa no anda muy bien, y que con este frío es duro levantarse a trabajar: “brrrr”, dice, frotándose los brazos. Todo, absolutamente todo, lo dice sonriendo. Por momentos me parece que quizá no sonríe, sino que tiene los labios entumecidos, tensos. En el bar hay un mostrador limpito pero gastado, cinco mesas de plástico con sus sillas, un televisor que cuelga de una esquina de la pared. En el noticiero anuncian, otra vez, que hoy podría ser el día más frío del año. En una de las mesas hay un señor emponchado, bufanda hasta la nariz, que lee el Clarín zonal de San Fernando y toma mate. En otra mesa estamos Teo y yo. Teo pidió un café, yo un té con leche y hemos decidido no hablar. Cuando hace frío, cualquier palabra cuesta. Me toco la cara con los dedos y la siento dormida, anesteciada. Teo lee un libro sobre violaciones en Rusia. Cada quien tiene sus maneras de entrar en calor. “Hay medialunas recién hechas”, anuncia la señora detrás del mostrador. La miro: sonríe. Asiento. Ella pone dos en un platito y me las pasa. Cuando las toco ya están heladas. Teo agarra una y sin despegar los ojos del libro se la traga de un bocado. Yo me como la otra en pequeños mordiscos para que dure más. El hombre emponchado de la otra mesa se levanta y deja el diario en el mostrador. Yo me levanto y lo agarro. Lo abro al azar y me encuentro con la sección “Instantáneas”. Son fotos de gente “común y corriente”, simulando hacer esas cosas insulsas que hacen los “comunes y corrientes”. Por ejemplo, hay una madre y una hija amasando en la cocina; el epígrafe dice: “Jugando a las cocineritas”. Después hay una familia fea muy fea que posa al lado de un auto grandote; el epígrafe: “Familia unida, de paseo por Victoria”. Todos los retratados parecen haberse tragado un palo, y los nenes, como siempre, tienen esa expresión de haber sido empujados al ridículo; aunque algunos le llaman inocencia. Mi medialuna merma, pero resiste. Un policía entra en el bar: lleva una maletita y un boleto igual al nuestro. “Viajaremos más seguros”, me gustaría decirle a Teo para que se indigne un poco, pero prefiero callar. Ya dije por qué. El policía se frota las manos y pide un café. La mujer le está explicando el problema de la estufa. Yo lo miro, él me mira y levanta el mentón: “Buen día”, de la boca le sale humo. Asiento. “Hay medialunas recién hechas”, le dice la señora sonriente al policía, y le pasa un par por encima del mostrador. Hoy, en el bar del parador de omnibus, hasta el tiempo parece congelado.