sábado, 25 de julio de 2009
El choque
Había niebla, la tarde estaba oscura y la calle era una hilera de luces que se repetían hasta disolverse en el horizonte. Iba manejando y esperaba a que cambiara el semáforo. Sonaba alguna canción de los Beatles, esa que dice que the love you take is equal to the love you make. Delante de mí, rugía un monstruo de marca Grand Cherokee, con gotitas de humedad adornándole la lata oscura. Hace un tiempo que manejo un auto automático, pero mucho no me acostumbro. En mi tierra, cuando empecé a manejar, manejaba el cadáver de un Mazda más que mecánico, manual, que había muerto y resucitado bajo mi régimen y el de mi hermano. Un régimen casi punk. Ese autito se recalentaba estando estacionado, pero aprendí a domarlo, nunca lo choqué, no hacía falta, ya había completado su cuota de choques en la vida; era noble y fiel como el mejor de los perros. Pero ahora, decía, comparto con Teo un automático limpito donde casi siempre canta John Lennon, y tengo la sensación de que él me lleva a mí y no lo contrario. Total que allí estaba, esperando a que cambiara el semáforo y miraba de reojo las caras de la gente en los autos de al lado: parecían plácidos a pesar del tráfico, como si todos fueran arrullados por coros hippies, igual que yo. Un nene me saludaba, una nena sonriente me mostraba una muñeca cabezona. Entonces, sin darme cuenta, solté el pie del freno y el auto siguió de largo contra la camioneta. Metió el hocico bajo el paragolpes y sentí como la Grand Cherokee lo masticaba y se relamía. Bajé del auto, la garúa helada me pego en la cara y la mujer de la camioneta se me vino encima: ¡Sos boluda! Yo asentí y me eché hacia atrás porque la mujer estaba levantando los brazos como una cavernícola. Al monstruo no le había pasado nada: ni un rasguño. Aparecieron de golpe unos obreros fornidos que arreglaban la calle ¡Pero qué pelotuda! Volví a asentir, humilde: “Perdón”, dije. Después vino gente que salía de otros autos ¡Estúpidaaa! No entendía por qué tanta bronca. Juro que vi a los mismos nenes amorosos de antes, asomados en sus ventanas, haciéndome señas obscenas con los dedos. Me zambullí de vuelta en el auto, retrocedí, le anoté mis datos a la dueña del monstruo y se los di. ¡Boluda!, escupió. Una baba espesa rodó por el vidrio de mi ventanilla. “¡Perdón!”, insistí, y quise acelerar, huir, pero era tarde: hordas de personas desbocadas se acercaban a mí. Era como si con el choque les hubiera activado a todos la función de vomitar los insultos atorados. Y ya no cantaba John: las bocinas y los gritos de la furia lo llenaban todo.