martes, 7 de julio de 2009
El viejo Emo
El viejo va con su hija del brazo, me cruzan a la salida del almacén y saludan. Conozco a la hija, se llama Josefina y es la modista del barrio: una señora pizpireta, siempre bien vestida. La palabra pizpireta debe pertenecer a los tiempos en que el padre de Josefina tenía edad de usarla. “Vení, Marga”, me dice Josefina, me agarra por el brazo y me atrae hacia ellos. Es algo que hacen muchas señoras para procurar un ambiente íntimo –las señoras que han estudiado la proxemia y sus usos en las relaciones sociales. La cercanía física es algo que por estos días está prohibido, pero Josefina se hace la rebelde. Ahí me tiene, a centímetros de su cara y la de su viejo que tose y tose y yo, que soy educadita y priorizo la amabilidad antes que la salud, me quedo quieta, me trago sus virus. “Vos que sos joven… –empieza Josefina–, le podés decir a mi viejo que él no es un emo”. “¿Qué?”, le digo. Se acercan más. El viejo tose, asiente y luego se señala a sí mismo: “Soy un emo”. Los dos me miran, soy el juez que debe dirimir su desacuerdo. Miro al viejo: es pelado, lleva una bufanda a cuadros verdes y marrón; los ojitos le brillan detrás de esos lentes enormes y me sonríe, buscando complicidad. “Su padre es un emo, Josefina, sin duda”, le digo. Josefina mira a su viejo, que está maravillado ante la confirmacion de su identidad. Luego me mira a mí “¿Y vos cómo sabés?”, está furiosa. Le guiño un ojo, como para que entienda que lo hice por complacer a su viejo, porque su viejo es piola y me cae bien y porque… “Vos no sabés nada”, larga Josefina. Yo digo hasta luego, qué estén bien, y trato de entrar al almacén, pero Josefina me agarra de la muñeca y me dice, otra vez muy cerca de la cara: “No tiene pelos, mi viejo, ¿cómo va a ser un emo?” Está colorada, me pregunto si ya se tomo la temperatura esa mañana, con esa manera de acercarse a la gente debería preocuparse. Yo, sin moverme un centímetro para no correr el riesgo de ofenderla, aspiro su olor a crema dulzona, la laca en su pelo y me dejo doblegar: “Tiene razón, Josefina, su padre no es un emo”. Josefina se vuelve a su viejo y le suelta el ladrillo en la cabeza: “¡No sos un emo nada!”. “Si soy”, dice su viejo, tose. Josefina resopla, se acomoda la cartera y reanuda su paso. El viejo me mira confundido, con esa cara de Condorito: “exijo una explicación”. Yo lo tomo por el brazo, como lo suele hacer su hija, lo acerco a mí y, mirándolo a sus ojos vidriosos le dijo “No se lo diga nadie, pero usted es un auténtico emo”. El asiente, serio. Josefina lo espera más adelante, malhumorada: “¡Andá!”. Antes de darse vuelta para ir a su encuentro, el viejo me dice, emocionado: “Y vos también”.