jueves, 16 de julio de 2009
El Bar
Cuando entré en El Bar sonaba una canción de Jose Alfredo Jiménez. Afuera llovía. No veía a mi amiga Z por ninguna parte, sólo había un grupo de señores que le hacían el coro a José Alfredo al son de una guitarra. Me senté en la barra y un gordito bastante despechugado para el clima me ofreció un tequila. Le dije que no, que gracias, que esperaba a alguien. “Nadie va a llegar”, fue su respuesta. Le dije sí, sí va a llegar. Él se río. No entendía nada ¿de qué se reía? Del fondo salió una rubia alta que se llamaba Roberto. Era profesora de tango, según entendí por la conversación que tuvo con el barman. “Hoy no llegarán alumnos”, había dicho Roberto, y el barman asintió: “Nadie va a llegar”, dijo después. Había un par de ventanas que daban a la calle, con persianas bajas, semitraslúcidas. No se veía más que la luz de un farol que titilaba. Llamé a Z por el celular, me dijo que ya estaba llegando. Pedí una cerveza y el barman me dijo que no había. Todos los demás estaban tomando cerveza. “¿Qué están tomando ellos?”, le pregunté, él me dijo “Cerveza, pero se acabó”, y me volvió a poner el tequila enfrente. Negué con la cabeza, el gordito me ignoró. Ahora cantaba Chavela Vargas o alguien con un problema de garganta similar. Los de la guitarra descansaban, un par se levantó y saludó al grupo. Se fueron por un pasillo oscuro, rumbo al baño, pensé. Pero no salían más. Tenía sed, pedí una coca. “No hay”, dijo el barman. Resoplé. Me estaba jodiendo. Z no llegaba. Me paré frente a la ventana y miré afuera, a través de la persiana. No se veía nada. Las gotas de lluvia sonaban como piedras que caían sobre el pavimento. Volví a llamar a Z y me dijo “Acá estoy”. “¿Dónde?”, me di vuelta, miré a mi alrededor; Roberto recostaba su cabeza en la barra, miraba a Marcelo Tinelli en la tele que colgaba de una esquina de la pared. El barman, sentado en una banqueta al otro lado de la barra, apoyado de codos en el tablón, le miraba las tetas a Roberto. Los de la guitarra se habían ido. Z no estaba. Levanté un poco la persiana y volví a mirar afuera. El cartel de la calle Guardia Vieja estaba caído en la vereda. La luz del farol seguía titilando. Sonó el celular, era Z: “¿Dónde estás?”, me dijo. “Acá, no te veo”. “Yo estoy acá y no te veo”. Ahora el barman me miraba y otra vez se reía. “Me voy –le dije a Z–, te espero en la vereda”. “Llueve”, contestó ella. “No importa”. Salí, el agua me bañó íntegra, me paré en la vereda. Al poco rato se abrió la puerta de El Bar y salió Z, llevaba un vasito de tequila en la mano.