jueves, 16 de julio de 2009
Los viejos
Ayer, esquina de Santafé y Pueyrredón, una pareja muy mayor discutía e intentaba cruzar la calle. Él llevaba un ramo de flores en la mano: astromelias, margaritas, pompones. Ella llevaba mucho tiempo sin tinturarse el pelo. Debió haber sido una rubia Igora platino; a lo mejor, a veces, intenta seguir siéndolo pero ya el pelo no le da. Lo tenía verde y ralo. Él quería cruzar, acelerado, y ella se lo impedía. “Pará”, lo retaba, tensándole la manga del saco; y al viejo le temblaba la mano y las pelusas de los pompones salían volando. Hacía frío, ella se abrazaba a sí misma y se frotaba los brazos. Caminaban muy rápido, considerando su edad. Cuando entraron al subte no se acordaban quién de los dos tenía el boleto. La mujer negaba con la cabeza, el hombre se palpaba los bolsillos y resoplaba con dificultad. “Teneme las flores”, le pidió él. Ella las agarró sin ganas: “Los pompones no quedan bien en este ramo”, dijo después. “No tengo el boleto”, dijo él. Ella le dio las flores de vuelta, abrió su cartera, sacó el boleto de 10 viajes y entraron los dos. “¿No era que no lo tenías?”, dijo el viejo, molesto, y le sacó un pétalo derruido a una margarita. La vieja no dijo nada, simplemente estiró el hocico como si quisiera señalar algo o lanzar un beso. Es un gesto que usan algunos viejos para decirse cosas que es mejor no decir en voz alta, como: “chupame un huevo”. Bajaron las escaleras eléctricas, yo iba detrás, hacía mucho que iba detrás, como se ve, pero ellos no me notaban. Entre el cartel de Catedral y Congreso de Tucumán, había un hombre que tocaba el teclado. Tocaba una de esas canciones romanticonas cuyos nombres tienen poca recordación, pero cuya melodía es de público y excesivo conocimiento. Una de esas canciones melosas que incluso quienes las desprecian, las desprecian porque se la saben, y eso los iguala a cualquier personita cursi que repite estribillos. Por eso todos seguimos de largo, nadie se paró a mirar al hombre del teclado. La vieja y el viejo sí se pararon y parecían conmovidos. Mientras oían la canción, ella apoyaba la cabeza en su pecho, él le había pasado el brazo por encima de los hombros y ahora besaba su pelo verde. Ella le sacó las flores de las manos y las olió. “Gracias, mi amor”, dijo. Llegó el tren y la vereda completa se zambulló dentro, envistió la barrera humana que trataba de impedírselo. Sólo los viejos se quedaron afuera, apretados el uno contra el otro, sin decirse nada. De repente, ya no tenían prisa. Antes de que el tren cerrara las puertas los vi bambolearse lentamente, hacia adelante y hacia atrás, como figuras de papel agitadas por el viento. La canción ya no sonaba.