miércoles 1 de julio de 2009

Michael

Toco el timbre un par de veces. Nadie sale. Se oyen ruidos adentro, música de Michael, risas infantiles. Toco la puerta por si el timbre no funciona. Nada. Otra vez pego el dedo índice en el timbre, un rato. “¡Quién es!”, gritan. Contesto que yo. “¡Quién es!” Vuelven a gritar, pero esta vez abren la puerta antes de terminar la frase. Es una mujer nueva, uniforme a cuadros y delantal. “Siga”, dice. Se le ve malhumorada. Tamara está al fondo con el pequeño Pablo que salta de acá para allá y de repente se queda quieto y se pone a lloriquear. Tamara lo mira desde un sillón, en silencio. “La muerte de Michael lo afectó”, me explica cuando me ve entrar al cuarto. Yo quiero decirle algo así como que es lógico, que el tipo siempre tuvo onda con los niños. Es muy tentador decir eso. También es un chiste fácil y Pablito parece genuinamente afectado. “¿Era muy fanático?”, le pregunto dudosa, me parece que un nenito de esa edad no podría ser fanático más que del conejo de Nesquik. Tamara me dice que en el colegio le tocó hacer un show de Thriller, él hacía de Michael, sus amiguitos estaban al fondo siguiendo la coreografía. Apenas escucha la palabra “Thriller” el pequeño Pablo agita su cuerpito, hace un pase tembleque; una rara versión de Michael, ciertamente. Le pregunto a Tamara para qué le pone la música al nene si le hace mal. “La psicóloga dijo que tenía que hacer el duelo”, dice ella. En el cuarto de Pablo hay ropa tirada por el piso, pedazos de papel picado y un olor terrible a cigarrillo. “Yo creo que está haciendo una payasada”, dice Tamara, la mujer del uniforme nos trae un par de wiskhys con hielo que nadie pidió. Tamara recibe su vaso y enciende otro cigarrillo. “Ya se le va a pasar”, le digo. Pablito da alaridos: “¡Thriller, thriller!” “Me tiene harta, ni siquiera me gustaba Michel Jackson”, dice Tamara. Al tercer sorbo se acaba su wiskhy. Suena el teléfono y la mujer de uniforme lo trae: “El señor”, dice. Tamara agarra el aparato, se lo muestra a Pablo y, cuando el nene se está acercando para agarrarlo, lo cuelga. Pablo se la queda mirando, confundido. La carita empegostada de lágrimas y mocos. “Hasta que no dejes de bailar esa música, no hablás con papá”, le dice Tamara. El pequeño Pablo lagrimea. Después camina lentamente hasta donde su madre, ella me pide que le sostenga el cigarrillo y sienta al nene sobre sus piernas. Le limpia la cara y lo besa: “Basta, no llores más”. Pablito levanta sus ojos, la mira y le pregunta: “¿Mamá, Michael está en el cielo?”. Tamara le sostiene la mirada y le contesta, firme, gélida: “Espero que no”.