viernes, 10 de julio de 2009

Mutantes, barbijos.

Cuando alguien con barbijo me habla, es como si un mutante con hocico me ladrara muy cerca de la cara. No puedo concentrarme en lo que dice. Cuando alguien con barbijo me aborda en la calle y me pregunta por dónde pasa el 152, yo doy un saltito hacia atrás, me llevo la mano al pecho y pregunto: “¿Qué?” Cuando la chica del supermercado mueve la boca detrás de su barbijo para decirme: “Son ciento catorce pesos”, me quedo lela imaginando que el mutante está masticando un bicho vivo y crujiente, y el sonido que produce se parece al de las palabras detrás del barbijo. En los días de frío, cuando al barbijo se le suma la capucha y la gente en las esquinas parece más que gente en las esquinas, gente complotada, siento el impulso incontenible de gritar: ¡abajo el Ku Klux Klan! Lo que más me asusta de los barbijos es que, cuando los usan, las personas no modifican su conducta. Te hablan, te preguntan, se acercan y te dan toquecitos en el hombro –“con permiso”–, como si llevar mitad de la cara tapada fuera de lo más normal por fuera de un quirófano. Cuando alguien con barbijo tose, me recuerda a esas víboras suicidas que se enrollan y se muerden a sí mismas para envenenarse. Un día vi a una chica estornudar en una parada de colectivo, todos se corrieron a un lado, discretamente, pero el que tenía barbijo se fue rápido, practicando una versión confusa de la marcha atlética. “Ya no quedan barbijos”, dice la mujer detrás del barbijo que atiende en la farmacia. Se lo dice a otro de cara desnuda, que deposita en ella su mirada desahuciado: “¿No queda ni uno? ¿ni uno sólo?” La mujer niega con la cabeza y llama al siguiente número. “No quedan barbijos”, le repite a ése. La voz detrás del barbijo es grave y gangosa. Es caliente, húmeda, seguramente pegajosa. En el colectivo alguien tose y el mundo tiembla. El sonido de la tos catarro es, hoy, un atentado contra la salud mental. Entro a un bar: no está bien ser atendido por un mesero con barbijo, te activa la sospecha de que el lugar es insalubre. “¿Por qué el barbijo?”, le pregunta un hombre al mismo mesero que me atiende a mí. El mesero mueve el hocico y dice algo de lo que sólo entiendo la palabra mucosa. Odio la palabra mucosa. Más en un lugar donde intento comer. Me levanto, salgo y, mientras camino, veo más mutantes: una madre con barbijo que pasea a su nene con barbijo en cochecito; un taxista con barbijo cuyas palabras suenan como eructos; una pareja de chicos en la ventana de un Starbucks, con barbijo: y se agarran las manos, acercan sus caras, juntan sus hocicos blancos, se besan.