miércoles, 1 de julio de 2009
Democracia, ja
Era domingo a la noche, los resultados de las elecciones ya estaban cantados y yo iba rumbo a una fiestita para, entre otras cosa, celebrar el triunfo del compañero Solanas. Me faltaba la polera, pero tenía el espíritu. Esperaba en una vereda a que pasara un taxi y un par de chicas fumaban a mi lado, sentadas. Camperas brillosas, zapatillas estridentes, rayita negra que alargaba el ojo y labial fucsia. “¿Y vos a quién votaste?”, le preguntaba la una a la otra en medio de una bocanada espesa. “Y –contestó la otra–, a De Narváez” El aspecto de estas chicas habría podido perfectamente empujar a una mente prejuiciosa a escupir el calificativo “pibas chorras”. “¿Por qué a ése?”, insistió la primera. La segunda alzó los hombros, hizo una bomba de chicle gigantesca que habría podido elevar su cuerpito flaco si no llevara puestas esas zapatillas pesadas. “No sé, me gustan los pelos, el tatuaje...” La primera asintió: “Tiene onda el colorado”, dijo después. Cambiaron de tema, ahora planeaban un atentado al placard de una amiga: “hay que quemarle toda esa ropa”, decía la primera. “Se viste como una puta”, decía la segunda. “Es una puta”, aclaraba la primera. Alguien tendría que discutir en serio el tema del voto calificado, pensé. Teo dice que cada ciudadano tendría que ser sometido a un examen antes de votar: ¿Qué propuso el candidato Equis sobre el asunto Yé? Y el que no pase la prueba no vota, punto. Estas pobres chicas no debían haber pasado en su vida ni una prueba de alcoholemia. “¿Vos a quién votaste?”, le preguntó la segunda a la primera. Ahora lamía un chupetín. “A ese Gay”, dijo la primera. Y las dos soltaron una carcajada estruendosa. Se encogían, se doblaban de risa: ¡¡¡JAAA!!! Hacía mucho no oía algo así. No pasaban taxis, no entendía el chiste, hacía un frío importante. Las chicas tosían, se ahogaban y repetían exageradas: ¡¡¡Gaaayyy!!! ¡¡¡JAAA!!! Estaban a punto de gastarse todas las reservas de risa que tenían: la palabra “gay” era el mejor chiste que habían oído jamás. ¿Cómo sería cuando oyeran la palabra democracia? La carcajada les daría un ataque de espasmos, se les atoraría el diafragma, de seguro morirían. Callaron. “Sí que es puta esa mina”, dijo la segunda tras el bache largo de silencio. “Y sí”. La primera encendió un cigarrillo y se miró las uñas: eran azules con brillitos de colores. La otra volvió a soplar una bomba de chicle que se le exploto alrededor de su bocota fucsia. La primera la miró y otra vez soltó la risa: ¡¡¡Gaaayyy!!!, gritó de vuelta. Y la segunda, sacándose el pegoste de la boca, y con cara de enojada, contestó: ¡Gay tu puta madre!