sábado, 1 de agosto de 2009
Colita de rata
En un programa de radio entrevistaban a una mujer por un tema de “salud pública”. La mujer estaba indignadísima porque la noche anterior su marido había mordido una colita de rata que estaba en el arroz. La mujer insistía en que la colita de rata había venido dentro de una bolsa de arroz marca “El peleador”, que compró en un supermercado chino. Al momento de decir la marca la mujer so-bre-mo-du-la-ba. Al momento de decir “chino” la mujer parecía escupir. Que cómo sabía ella que era una colita de rata, le preguntó, con justa razón, el periodista. Ella largó un aullido que intentaba denotar obviedad: “Auuuu, ¿quién no sabe eso?” Que cómo no se dio cuenta que una cola de rata flotaba en el agua blancuzca del arroz. Silencio. “Ah, ¿ahora es mi culpa?” La mujer quería que El peleador la indemnizara porque su nuera embarazada, su marido que aún no levantaba cabeza del puro asco, y casi, casi –pero por suerte no–, su nietita, probaron el arroz con rata y eso no debía ser bueno para la salud. “De ninguna manera es bueno, señora”, confirmó el periodista. No se necesitaba un experto para saberlo, subrayaron los demás opineitors del programa. Y que si no se le había ocurrido que la cola de rata hubiera venido del súper chino, que si la bolsa de arroz no tendría una abertura mínima por donde la “colita” pudiese haber entrado. Esa posibilidad –la de tener a un chino indocumentado para reclamarle una indemnización– no le parecía factible a la mujer. Y, de pronto, se había puesto soez: “...ya dije que la culpa la tiene esa fábrica de mierda, que no le importa un carajo que...” Los periodistas se aclaraban la garganta, trataban de matizar el lenguaje lanzando otras preguntas: ¿Ya se comunicó con alguien de la fábrica, señora? ¿Supo si algún distribuidor...? “...un carajo, un carajo”, insistía ella, mántrica. Al rato volvió en sí y dijo que la fábrica le había ofrecido como indemnización una caja de productos, con la condición de que ella no los mencionara en los medios, que no se hiciera la viva. Era tarde: el-pe-le-a-dor. “Ya no le darán los productos, señora”, le advertía el periodista, y a ella, por supuesto, le importaba no uno, ni dos, sino tres carajos porque “son productos de mierda”. “Habría que pensar si en el súper chino...”, insistía un opineitor y la mujer resoplaba, su ímpetu decaía. “Y sí –dijo otro–, se sabe que los chinos...” Y así, la hipótesis oriental fue cobrando fuerza. “¿Será?”, dijo por fin la mujer, y los de la radio, enfáticos: “Yyyy”. “Será”, volvió a decir ella, pero ya no a modo de pregunta. Después vino un bache mudo, al fondo sonaba una cumbia. Finalmente, la mujer, con asco profundo, lanzó su veredicto: “sí, esos chinos sucios”.