domingo, 2 de agosto de 2009

Lo mismo que el silencio

Siempre que oigo una bocina sonar repetidamente imagino que hay alguien dándose golpes de cabeza contra el volante. Acá, en la esquina postal, Corrientes y 9 de julio –donde espero que cambie el semáforo para cruzar la avenida–, las bocinas suenan como si se tratara de un concurso cuyo premio mayor es la cordura que todos perdieron en alguna parte de la vía. El ruido insistente de bocinas, el llanto agudísimo de un nene que quiere un chupetín y el de tragarse la tos espesa, son los ruidos más irritantes que conozco. Y en la calle es muy probable que sucedan en simultáneo. Una vez me dijo un amigo que trabajaba en el microcentro, que cuando quería descansar del ruído de su oficina se paraba en una de las esquinas del obelisco, acá mismo quizá, y cerraba los ojos. No entendí. Luego me explicó que cuando los ruidos se producían de manera constante y homogénea, terminaban siendo lo mismo que el silencio. Llegaba un momento en que no se distinguían; entonces era cuando un sonido, que era la mezcla de ruidos distintos, se volvía una melodía compacta y, al cabo de un rato, desaparecía. Meses después de decirme eso, mi amigo renunció a su trabajo y se fue a vivir a La Cumbresita, en Córdoba, con una chica ex punk. De allá también se volvió, esta vez solo, porque se aburría demasiado. El verdadero silencio y su chica ex punk, mutada en una campesina serena, aburrida y gorda, me dijo, lo iban a enloquecer. Si esto fuera un cuento de esos clásiquísimos, mi amigo, que ahora no tiene ni chica ni laburo, se pararía igual todos los días en una esquina del obelisco y cerraría los ojos, extendería los brazos abiertos hacia cielo y largaría carcajadas, demente. Pero no, mi amigo no quiere volver al microcentro ni para comerse una deliciosa pizza en Guerrín, nada. La Cumbresita lo dejó a medio camino y ahora es demasiadono sensible al ruído y al silencio. Hoy, en esta esquina, es imposible saber a qué corresponde tanto ruido, y si uno se pone riguroso, si hace la alquimia de la cuestión –bocinas por acá, voces por allá, autos que frenan, autos que arrancan, el taladro de una obra en curso, el esputo que se estrella violento contra la vereda–, ese impulso científico puede degenerar fácilmente en angustia. Por eso es mejor no preguntarse; según los expertos, con el tiempo uno encuentra belleza en el ruido confuso de la calle. En un momento de la vida, dicen, tras haber padecido el ruido largamente, el cerebro hace un clic que te permite ir por el mundo escandaloso con una sonrisa zen. Mezclarte con las ondas sonoras como con las olas del mar y disfrutar intensamente la imagen de miles y miles de cabezas golpeándose salvajes contra el volante.