lunes, 22 de diciembre de 2008

Actitud frugal

Son días de fiesta, la consigna es comer –sería más fácil si no hubiera tanta gente que no come, aunque sea Navidad, Hanuka o el día nacional del chinchulín: pero ese es otro tema, un ruido menor en la cabeza del que igual mastica su vitel toné porque, lamentablemente, el hambre del mundo no se cura con que el resto haga dieta–. El caso es que durante estos días se infla mi rechazo natural por esa gente que va por la calle comiéndose un kiwi o que merienda con un durazno y se relame tras mordisquearlo o que en vez de un postre real se pide un plato de frutas. Hay una idea instalada de que comer frutas y verduras –comerlas en público frente a quien englute feliz un choripan– nos hace saludables y frescos, nos inmaterializa paulatinamente. ¿Quién pensaría que esa chica, que agarra con una mano la correa de su perro y con la otra se come una manzana verde, se enfermará alguna vez? Sólo alguien muy negativo. Esa chica encarna eficientemente la censura social: una no puede andar por ahí con un Milka en la mano cuando hay individuos como ella que se pasean por la misma vereda restregándote su actitud frugal. Es lo que pasa cuando me encuentro con Lola. Si yo pido una pasta, ella pide una ensalada; si yo un cortado, ella un té verde; si yo flan, ella kinoto. Y si dejo que sea ella quien pida primero, sale con que sólo le provoca un agua con gas, dando a entender que su cuerpo no contiene vísceras, sangre y huesos, sino helio. Y en la sobremesa, mientras Lola se eleva, liviana como un papel, a mí todo lo que me queda por pedir es perdón. Después me tranquilizo con que yo tampoco soy un saco de glucosa, ni mis arterias son un embutido de grasa animal; simplemente no me alimento como un Hare Krishna. Claro que, cuando que lo hago, casi siento que me convierto en uno: cuando como frutas y verduras puedo cerrar los ojos y verme flotando sobre una pradera. Mi mente hace el clic que me sitúa en un universo de pureza y liviandad. Paso a ser una chica calva vestida de algodón que inhala aire y exhala perfume de rosas, al son de un cántico celestial. Lo que pasa es que me dura poco: cuando como muchas frutas y verduras llega un punto en que me siento castigada –“¿Te portaste mal? Ok: tu cena será un brote de soja”–. Entonces me lanzó desesperada al menú de carne y hueso y harinas y grasas y todo lo que me haga sentir que me porté bien en el año, y que merezco comer algo mas que alpiste. Por eso, mi mensaje findeañero para Lola y sus hermanos frugales, es que si no quieren ejercer –como la inmensa minoría– el privilegio de comer bien, coman mal, pero escondidos.