martes, 23 de diciembre de 2008
Odio
“Después de numerosos estudios sobre la conducta de los nativos, he llegado a la conclusión de que en la ciudad de la furia el aire está constituido por tantas partículas de odio como de oxígeno”. Una fuente anónima dice esto en la vereda, rodeada de decenas de personas que encaran el mismo desafío que ella: cruzar la calle. Yo escucho atenta a la fuente anónima que trasmite su mensaje a través de un microaparato parecido a un celular, pero con alcance interestelar; coincido con ella porque, después de haber deambulado suficiente por las calles furiosas de la ciudad, yo también puedo percibir el odio. Incluso puedo verlo: el odio flota sobre las cabezas de todos, pesado, espeso, detenido en el aire como una bomba nuclear. Si el odio ascendiera y se mezclara con los demás odios no sería peor, la peor instancia del odio es cuando está latente. Ahora. En esta instancia el odio tiende a reflejarse en párpados y cejas, los hace temblar frenéticamente. También hay gente a la que se le planta en la lengua, como esa mujer que esta mañana dio reversa a su auto y golpeó a otro que estaba estacionado atrás, entonces se bajó y gritó: ¡¿No pudiste pegarlo más, puto de mierda?! Eso dijo, tal cual. Y su interlocutor no pudo contestar ni mú, porque era un volante vacío. Pero al odio los interlocutores le importan nada, el odio no discrimina entre objetos animados e inanimados, personas o animales, culpables o inocentes, semáforo rojo o verde: ¡Que muevan el orto!, grita alguien dentro de la masa humana que intenta cruzar la calle, aunque el semáforo no cambia todavía. Pero la gente avanza igual, hasta comerse un gran pedazo de la vía que los autos deben esquivar hábilmente tras un grito o un dedo obsceno, o bien, un escupitajo, como el que el hombre del auto azul acaba de hacer aterrizar en el pavimento. Una zapatilla roja pisa el escupitajo sin darse cuenta, es una zapatilla que se apura para quedar primera en el grupo, y mientras avanza tropieza, empuja, golpea. ¡Pedí permiso, grandísimo sorete!, grita una chica que va cargada con muchísimas bolsas con moños navideños –si alguien en esta masa humana fuera un estudioso de los fenómenos socioeconómicos se habría robado a la chica para meterla en una pecera de laboratorio: según todas las noticias, este año las compras navideñas fueron una rareza, cosa de freaks–. La fuente anónima vuelve a intervenir: “odio, odio, odio…”, repite como un mantra que asciende entre los gritos, los insultos, las bocinas, mientras todos avanzamos apretados, compactos, furiosos, bajo nubes oscuras suspendidas en el aire, hacia la Navidad.