–Habíamos dicho que no nos daríamos regalos –la mujer de rodete con laca, ojos pequeños, piel muy pálida, está molesta. Mira la cajita de terciopelo que le acaba de dar el marido como si fuera una rata muerta.
–Ya sé, Silvia, pero quise comprarte algo. Es una pavada –en los ojos del marido de camisa azul, abundante pelo castaño y casi 50, es fácil notar ese brillo sólo atribuible a la victoria de humillar al otro.
–Dijimos que este año no nos daríamos regalos, el mundo está en crisis.
–Pero, por favor, mujer, no te pongas dramática. Abrilo, es una pavada.
Silvia deja la cajita a un lado de la mesa y sigue con el café. Se seca los ojos con la servilleta. Él pone la taza en el platito y acerca su cara a la de ella.
–¿Estás llorando?
Silvia voltea la cara, sus ojos se fijan en una foto de Nacha Guevara junto al dueño del restorán, que cuelga de la pared. El marido vuelve a hablar.
–No puedo creer que llores porque te compré un regalo –trata de simular impaciencia pero en su voz se percibe satisfacción.
–Fui muy clara, dije que no habría regalos.
–Pero…
–¿Pero qué? ¿Dije o no dije eso?
–Sos una amarga –él aparta su café, mira la cajita de terciopelo que sigue cerrada como una ostra– ¿Lo vas a abrir?
Silvia toma café: ¿Ya nadie sabe hacer un espresso en Buenos Aires?
–Silvia, abrilo, dale.
Silvia se enjuga los labios con la servilleta, luego sacude la cabeza como si una mosca estuviese volando muy cerca de su cara. Nunca hubo un rodete más tieso. Se da vuelta en su silla, abre su cartera, saca una caja con moño y se la da al marido.
–Feliz aniversario –sonríe. Él no, el brillo que había en sus ojos se apaga y ahora pasa a los de ella.