domingo, 14 de diciembre de 2008
Moda comparada
Cuando en una fiesta alguien me dice ¡pero qué elegante estás!, quiere decir que me sobrevestí. Ya me acostumbré. La estética porteña es absolutamente distinta a la colombiana y en estas cosas una, patriota siempre, tiende a apegarse a la tradición. Y no se trata de brillos ni estentores, es una cuestión de estilo. Tiene que ver, según mi amigo diseñador Raúl Trujillo, con la idea que cada sociedad tiene del cuerpo. En mi país el cuerpo importa mucho, se cuida y se muestra todo lo que se pueda mostrar, consiguiendo no siempre pisar los terrenos de la pornografía. Vestirse significa envolverse en una telita y sacar a pasear el mejor atributo que se tenga. Acá el cuerpo tambien importa, y se cuida infinitamente más –tener un buen cuerpo en Buenos Aires es un detestable oficio de esclavas–, pero se intenta disminuir esa importancia simulando que lo que en verdad importa es la ropa, el diseño, la caída, el look, le llaman. Lo otro es vulgar. Teo, por ejemplo, odia todo lo que se pega al cuerpo, odia las minifaldas, odia los escotes, odia que se vea o se sospeche el ombligo. Porque Teo es muy porteño, por eso se juntó conmigo: para llevarse la contraria. Mi madre, en cambio, cada vez que viene sigue sorprendiéndose de que un pantalón suelto, una camisa blanca y unas chatitas chinas se consideren el summa cum laude de la elegancia, mientras que un despampanante vestido negro que deja ver una silueta armoniosa y unas piernas de flamenco se lo mire sospechosamente. “¿Acaso eso se considera… mersa?”, me pregunta, mano en pecho, apelando al uso de términos locales para inducir una respuesta benévola. “No, mersa no, madre, distinto”, la tranquilizo. Con el tiempo, los inmigrantes inocentes nos vamos adaptando al estilo porteño; se pasa de ostentar a partir de la nada a esforzarse en que nada se note. Como el llamado maquillaje natural, que es tan elaborado como el maquillaje de vedette, sólo que es invisible; o ese peinado trabajosísimo que consiste en parecer despeinado; o las zapatillas que desde nuevas parecen sucias; o el famoso elegante sport de traje y zapatillas, que se inventó para que nadie diga: “ja, este idiota se la tomó en serio”. Porque de eso se trata, de que no parezca que uno se produjo durante horas porque le importan esas cosas tan banales como verse bien. Simular es la cuestión. ¿Y quién puede negar que la simulación es un arte que cuesta y demora tanto más que la naturalidad? Pero siempre queda tan bien.