domingo, 7 de diciembre de 2008

La nena

Es medio día en la estación 9 de julio, ese pasillo subterráneo devenido en ciudadela. En el piso, recostados contra una pared, una mujer color caqui sucio trata de calmar a su nena que llora desconsoladamente porque su hermanito tiene un chupetín de uva en la boca y se relame, se lo muestra, se le acerca al oído y le dice: mmm. El tercer hijo es un bebé que duerme en el suelo espaturrado como una rana. “Dejala tranquila, pará” reta la mujer al nene del chupetín y lo palmetea en la cabeza. “Mmm, buenísimo”, insiste el nene, muy cerca de la cara de la nena. La nena se desgañita: “¡quiero un chupetín, quiero un chup…!” y el ruido del tren que llega apaga su grito. La mujer se apresura a alzar al bebé rana, lo mal envuelve en una mantita azul y se lo encima a la nena que es flaquita como un dedo meñique: “Andá, andá”, le dice señalando un vagón casi vacío, y que la esperan del otro lado. La nena corre bamboleándose, entra al vagón con su cara embadurnada de lágrimas marrón, mocos y algún resto de mate en los dientitos. Las puertas de cierran y la madre y el nene goloso quedan afuera. Adentro la nena se acomoda en el hombro a su hermanito, y lanza su Do de pecho: “¡Antes nunca estuve así de enamorada, no sentí jamás esta sensaciooon…!” Alguien dice: “Se le va a caer la criatura, hagan algo, por favor” Hay gente que cree que su utilidad al mundo consiste en anunciar un peligro inminente visible también para el resto. “…la felicidá, ja, ja, ja, ja, de sentir amó, o, o, o, oor…” El subte para en Catedral y algunos la aplauden, pero como salen tan rápido y la nena tiene las manos ocupadas sosteniendo el cuerpo fofo de su hermanito –que ha cobrado el aspecto de una momia–, no puede pedir monedas. Se sienta en el piso, el subte vuelve a llenarse, arranca y para en 9 de julio. Se baja y encuentra a su madre y a su hermano sentados en el piso, recostados contra una pared. El nene mastica el palito del chupetín. “¿Y, te dieron algo?”, pregunta la madre. La nena se agacha, pone al bebé dormido en el suelo –que vuelve a la posición original de manitas y patitas abiertas–, y se sienta al lado de su madre cruzada de brazos. “No le dieron”, anuncia su madre al aire. Pone agua en un mate claruchento y se lo pasa a la nena: “Tomá”. La nena dice “no quiero nada”, y algo más que no se oye porque llega el siguiente tren.