domingo, 30 de noviembre de 2008

Resentida

Tengo la garganta enferma. Me arde como si me hubiese tomado una botella de Ayudín para ropa blanca. Debió haberla resentido el cambio de clima –los doctores de mi país usan el término “resentirse” cuando se refieren a la causa por la que una parte del cuerpo está enferma: “habrá que enyesar, el pie se resintió por el peso”–. Teo salió a buscarme las pastillas que se chupan y duermen el dolor. Es un caramelo antibiótico anestésico y se me acusa de ser adicta a ellos. Debo serlo, la noche en que empezó a dolerme la garganta soñé que nadaba en una pileta de pastillas de cereza y que todo mi cuerpo resentido se dormía plácido. Esa misma tarde había hecho un calor diabólico y Teo yo nos habíamos quedado en la pileta, flotando en el colchón inflable, hasta que se hizo de noche. Recuerdo que esa tarde habíamos decidido renunciar al habla porque hasta hablar nos sofocaba; la brisa era tan leve que el agua no se movía: era un espejo sólido donde el cielo se reflejaba y, dependiendo del ángulo en que se mirara, el reflejo parecía una caja azul cerrada dentro de la cual sólo existíamos nosotros y ese par de palomas gordas adheridas a la reposera. Ani yacía en el tejado, boca arriba, bronceándose la panza. Allí, dentro de la cajita, pensé que, a pesar del calor diabólico y del mal gusto musical de nuestros vecinos, obsesionados con Chayanne, el momento era perfecto. Y como todavía conservo lunares ínfimos de mi educación católica, pensé también que en ese mismo instante alguien debía estar pasándola muy mal, y que ya me lo cobrarían. Hoy, tres días después, garganta encarnizada, viendo desde la ventana cómo el viento agita los árboles, desprende las rosas chinas del arbusto de rosas chinas y la pileta es una sopa de hojas y polen amarillo, ya no tengo ninguna duda. Me meto en la cama, me tapo hasta la cabeza, cierro los ojos. Teo llega con las pastillas, viene mojado. Me imagino que es el personaje de ese cuento de John Cheever: “El nadador”. El tipo recorre el barrio nadando, está obsesionado por nadar: entra a las casas, se zambulle en las piletas, entra a la siguiente, vuelve a zambullirse, hasta llegar a la suya que ya no es la suya porque… bueno, qué importa, no voy a contar el final. “Llueve”, dice mi hombre y me entrega las pastillas. Asomo la cara y miro la ventana. Y de nuevo, convencida de que la miseria de uno es directamente proporcional al bienestar de otro, pienso que alguien, en algún lugar, está por alcanzar la cima de su felicidad… Eso, si yo no me chupo un caramelo antes.