sábado, 8 de noviembre de 2008

Una Estrella

La hija de mi amiga R se llama Estrella y es bailarina. Se pasa la mayor parte del día parada en puntas de pie, con los brazos arqueados, pelando sus dientes de leche. Es una belleza, eso ni qué decirlo, pero justamente eso es lo que pide R: que no se lo digan tanto, porque teme que se le suban los humos. Nos lo dijo hace unos días, al cierre prematuro de una función privada organizada en el living de la casa por la propia nena, porque quería mostrar a los amigos de su madre los nuevos pasos aprendidos. A todos nos pareció adorable: clap, clap, clap, un éxito rotundo. Al final de cada paso Estrella –que se había puesto una pequeña corona dorada– hacía reverencias. Y todo transcurría más o menos en armonía con su ego hasta que, tras de un par de acrobacias muy bien ejecutadas, a las abuelas se les dio por exclamar al unísono: “¡Pero qué monada!”. Estrella se paró en seco y se llevó su dedito índice a los labios pintados de rosa: “Shhh”, pidió silencio. Era un pedido razonable: una bailarina no puede concentrarse con semejante algarabía. Una abuela la imitó llevándose su propio dedo a la boca y la otra hizo ese gesto de sellarse los labios con un cierre relámpago; el silencio fue total. Estrella hizo un paneo por las caras de todos: sus ojitos maquillados con sombra tricolor no pestañearon ni una vez, y cuando parecía que iba a hacer otro paso se largó con un grito que poco tenía que ver con su coreografía: “¡Los odio!”, dijo y se fue corriendo a encerrarse en su cuarto que desde hace un tiempo está marcado con un cartelito brilloso que dice “camerino”. A R. le costó convencerla de que saliera otra vez, le dijo que en el pasillo había una fila de gente que esperaba su autógrafo y, en efecto, todos tuvimos que ponernos en fila y repartirnos servilletas de papel sólo para que Estrella saliera altiva, con su rodete deshecho. “A vos sí, a vos no…” iba poniendo caprichosamente su marca con una birome de tinta mágica en algunas servilletas, hasta que llegó al final de la fila donde estaban las abuelas apabulladas. Estrella les lanzó una mirada que chorreaba condescendencia. “A vos sí y a vos también”, les dijo y firmó sus servilletas. Y antes de que ellas pudieran largarse con otro de sus piropos exaltando la nobleza de su nieta, Estrella, con un espectacular firulete de brazos, les señaló la puerta de salida.