jueves, 27 de noviembre de 2008

Días sin Teo

Yo me casé con el muñequito que Skype trae por default: remera verde, cuello en V, pelado, sin ojos ni boca ni nariz. Sí, ese muñequito es Teo. Alguien lo hizo pensando en él y después le borró los rasgos para proteger su privacidad. Teo está de viaje hace varios días y cuando Teo se va de viaje pasa a ser su doble, o sea el muñequito; cuando Teo se va de viaje empiezo a escribir de fiestas y noches y de mi amigo C, para demostrar que soy una tipa cool que se la pasa bien sin el marido. Esta vez para no quedarme tan sola secuestré a mi amiga Z. Me la traje a casa y convivimos hasta hace poco como señoritas de campo: horneábamos budines, cocinábamos, tomábamos mate bajo el cedro en el jardín y algunas veces nos vestíamos de pollera y salíamos a cenar. Hasta que un día, como suele suceder con Z, tuvo que salir urgentemente a atender una reunión con… qué se yo: Mick Jagger, o alguien por el estilo. Z es productora, manager de músicos importantes, dueña de una vastísima información sobre arte, teatro, jazz y recetas de jaleas y encurtidos. Tuve entonces que acudir otra vez a mi amigo C, eterno receptor del tic “es que Teo no está y…”: y C se pone su ropa de puto espléndido y me saca a pasear. El fin de semana me llevó a una fiesta donde tocaba el gran DJ Tudo Bem –lo mejor de la noche porteña últimamente– y bailamos y bailamos hasta que, oh sorpresa, apareció la señorita Z en su auto azul rugiendo como una pantera. Había estado reunida hasta altas horas de la madruada con uno de los grupos que representa, porque en su ambiente ese es el horario de las juntas. Los tres nos sentamos en el capó del auto y nos tomamos un speed y estando en esas se nos vino encima el amanecer: ese momento en que la gente sale recién bañada y lanza improperios con la mirada a los que aún no nos fuímos a dormir. Estuve a punto de encarar a una mujer que rodaba su changuito de mercar –que se hacía la digna pero que a esa hora ya tenía los labios pintados de rojo carmesí–, y que dibujó una órbita de desconfianza alrededor nuestro. “Cuando uno elije ser sano, señora, deja atrás a mucha gente buena”, quise decirle. O: “mi marido está de viaje, tengo derecho, ¿no?” O: “¿No será usted una de las Las Kumbia Queers?”. Pero terminé diciéndole algo menos elaborado: “Buenos días”, y bajé la cara. Porque según todas las estadísticas encontrarse con el sol vestido de noche es el segundo gran momento de vulnerabilidad en las personas. El primero, aunque las estadísticas no lo digan, son los días sin Teo.