martes, 18 de noviembre de 2008

Los Tarados

En una noche de fiesta, en cualquier ciudad del planeta, pasan cosas inesperadas. Pero en Buenos Aires, particularmente, suele pasar con mucha facilidad que un grupo de gente que no se conoce entre sí termine recorriendo bares en una cofradía improvisada y desarrolle profundos sentimientos de solidaridad ante la adversidad que supone, por ejemplo, el fin de una botella de vino. Es así como un sábado primaveral un grupo de amigos inició su noche en un club de tango y la siguió en diversos escenarios, y se vio multiplicado debido a la aparición sorpresiva de dos incautos que, exactamente a las dos treinta de la mañana, fueron bautizados “los tarados”. Los tarados eran un par de gorditos glotones que tenían ganas de “comerse el mundo” esa noche; esa confesión fue una de las que se valieron los miembros del grupo original para bautizarlos como los bautizaron. En todo caso, antes de que los tarados tuviesen entidad propia, eran un par de chicos hambrientos de fiesta y vino y, por qué no, “algún ligue”. La líder del grupo, Z, fue la primera en fruncir la cara y preguntarles: “¿Son tarados?”. Los tarados dijeron que sí: les pareció que la palabra “tarado” saliendo de esa boca roja era un privilegio. El punto de inflexión de la noche se dio cuando Z le ordenó al resto del grupo que ya era hora de pasar por la otra fiesta, y los tarados, que se habían dedicado a largar risas nerviosas muy cerca de su oreja, le rogaron que los llevara. Z suele ser una chica despiadada, pero por alguna razón que todavía hoy nadie se explica esa noche sacó a pasear su caridad. “Sígamne”, les dijo y sopló el humo de su cigarrillo muy cerca del ojo izquierdo de uno de los gorditos, que al día siguiente sufriría una terrible alergia. Esa noche los tarados vivieron por primera vez la dicha de ir a una segunda fiesta y a una tercera y, al final, a una casa en Acasusso con un gran jardín en el que se acostaron boca arriba y miraron las estrellas. Pero Z les dijo que eso era imposible: primero, porque con el nivel de smog de la ciudad ver estrellas era lo mismo que alucinar y segundo porque eran las siete de la mañana. Los tarados rieron. Volvieron a reír. Fueron tan felices que lo gritaron en coro: “¡soy feliz!” Y, aunque la noche no tuvo todos los aditamentos que ellos habían salido a buscar, pensaron que había sido una noche perfecta: “de esas en las que te sentís parte de algo”, dirían tiempo después, cuando ya fuese obvio que no se repetiría. Cuando recordaran que para gente como ellos las noches son otras, que ésa había sido un regalo, y que nunca la olvidarían.