lunes, 10 de noviembre de 2008

Padres modernos

En la reunión hay padres modernos, de esos que además de hijos tienen una vida que incluye libros, películas, fiestas, tiendas de ropa y todas esas cosas sobre las que es posible sostener diálogos tan deliciosamente banales. Eso hasta que alguien se disculpa: “Ya sé que la gente que hace esto es patética pero…”: saca el celular y muestra una foto de su nene vestido del Gauchito Gil. “Ayyy”: todos se enternecen, se ablandan, desenfundan sus respectivos celulares y, ya que están, también se disculpan –porque en algún momento de la historia contemporánea hablar de hijos en una circunstancia social de adultos se convirtió en un gesto de mal gusto–. Entonces la atención se centra en él: bermuda a cuadros, camisa celeste, lentes y empaque de diseñador. En la foto que muestra aparece su nena de tres años vestida de Princesa Leia; se rotan el aparato para mirarla bien y todos lanzan expresiones de admiración seguidas por risitas un poco –sólo un poco– exageradas. El padre orgulloso cuenta: “…Yo le digo te amo y ella dice: lo sé”. Y le brillan los ojos como dos astros incandescentes. Acaba de repetir un parlamento entre Leia y Han Solo, uno de los muchos que repite con su hija: que se los sabe casi tanto como él. El padre orgulloso jura –balbucea emocionado– que él jamás se lo impuso, que la nena siempre tuvo un abanico de opciones para elegir de qué hacerse fanática: Barbie, Floricienta, Princesas Disney, esas cosas; y justamente eso es lo que lo hace feliz: que ella misma, solita y sin ayuda de nadie, eligió hacerse, como él y como su madre, de la Guerra de las Galaxias. Todos lo oyen embelesados, probablemente lo imaginan alzando a su nena recién nacida, vestido de Jedi: “Hola linda, soy tu papá”, actuando muy cool, para no presionarla… Y que si el día de mañana, insiste él, su nena decide que le gusta Patito Feo, él respetará eso. Cuando lo dice, con voz calma y mirada serena, la ceja le tiembla; cuando lo dice hace un movimiento de brazo que en otro contexto podría leerse como “siga usted adelante”, pero en éste es un gesto que grafica de manera elocuente su amplitud y tolerancia frente a todo aquello que su hija elija para la vida. “Obbvvio”, dicen los demás, sin el menor titubeo; y el celular, que ya dio la vuelta, vuelva a manos de su dueño. “Te amo” murmura el padre orgulloso mirando la pantalla. Después se guarda el aparato en el bolsillo y, tras un suspiro, dice: “¿Che, vieron la última de los Coen?”