martes, 11 de noviembre de 2008

El hombrecito

El hombrecito usa corbata, tiene pelo largo, canas incipientes, cola de caballo, una sonrisa desdentada. Es chiquito como un corcho y ligero de peso; se sienta todos los días en la estación de taxis y habla y habla y habla. ¿De qué habla el hombrecito? “De la vida, en general”, dice con su pinta de ejecutivo maltrecho cuando un vecino desprevenido le pregunta qué tanto parlotea allí sentado todo el día. Si uno quiere tomar un taxi tiene que pasar antes por el filtro del hombrecito que se autodenomina el manager de los taxistas. Él llega puntualmente a las ocho todos las mañanas y mira la planilla muy serio. “¿Mate?”, le ofrece uno de los taxistas que trabaja el primer turno, y el hombrecito sorbe la bombilla haciendo un ruido que no se condice con su tamaño. Una vez un taxista me dijo que el hombrecito no era manager nada, pero que ellos le daban alguito cada vez que podían. ¿Por qué? Porque les alegraba el día con sus historias, les hacía compañía y también los mandados. Se sabe en el barrio que el hombrecito se despide de su mujer y de su hijo todas las mañanas, después de peinarse con gel y desayunarse con torta frita de elaboración casera. Se sabe que ella le pregunta siempre lo mismo: “¿Venís a comer?” Y que él le dice que no sabe: que dependiendo de cómo esté el día, que si no hay mucho movimiento en la estación y esas cosas. Se sabe que eso lo dice acomodándose la corbata y que después alza al nene, le hace dar saltitos en el aire y le dice “¡Campeón!” Y cuando lo devuelve a los brazos de la madre piensa que falta poco para que el pendejo pueda ir con él a ver los partidos de Racing. Se sabe todo esto porque a la hora de comer el hombrecito lo cuenta. Mira el reloj y duda: que si va a casa y regresa a las quince o si mejor aguanta un poco y come a la noche mirando la tele. Justo después es cuando aparece esta señora culona, en cuya cara es fácil adivinar algún rasgo del hombrecito acentuado por los años, y saluda: “¿Qué hay chicos?”, y luego agarra al hombrecito por el brazo: “Vamos, vamos a casa”, le dice y el hombrecito se niega porque él “sale a las dieciocho”. La señora se seca la frente: “Dejate de joder, nos vamos ya”, lo jala más fuerte y le dice –le repite– que si no se cansa de perder el tiempo, de inventarse historias, y que la tiene podrida: que tendría que estar en la casa ayudando a su viejo que está tan viejo, mientras ella sale a trabajar. Entonces, con la cabeza gacha, el hombrecito se levanta y se deja llevar.