viernes 23 de enero de 2009

En el trópico

Llegué Cartagena para asistir a un casamiento muy familiar. Mi madre me dejó esperando cuarenta minutos en el aeropuerto, lo cual es casi una deferencia en el trópico. Mientras tanto, por celular, me dictó una serie de cosas que le faltaban por hacer para la boda, al día siguiente. Eran tantas que en el item número catorce yo me perdí; mi madre, una vez más, había superado con creces el límite en el que lo que estaba diciendo me parecía medianamente interesante. Por supuesto simulé atención absoluta y al final le dije bueno, menos mal ya está casi todo listo. Ella dijo: sí, menos mal. Cuando llegué a casa, la señora que cocina –cinco hijos, otro dentro de su pancita– me tenía preparado un banquete de tipicidades que mi estómago resentiría el resto del día. Pero en el trópico pocas cosas se consideran más ofensivas que rechazar una comida. En el trópico el amor se mide en calorías y, como viviría en casa materna los días suficientes como para que la señora que cocina desarrollara animadversión hacia mí, me dejé servir tres tandas de sancocho y otras más de jugo de maracuyá. Después me dejé conducir a mi antigua cama para reposar el almuerzo; me dejé arrullar por el ruidillo del ventilador de techo y me dejé sumir en la cálida penumbra gracias al hábito tropical –inentendible en otros lugares del mundo– de oscurecer a la fuerza todos los ambientes de una casa. Afuera hacía 37 grados y un sol blanquísimo. Adentro, de repente, se había hecho de noche.
Me levantó un ruido constante y homogéneo como una alarma. Pensé que era el teléfono, pero no; busqué en la penumbra de dónde venía ese sonido y entonces vi al lado de mi cama una luz roja titilante. Prendí la lámpara y encontré a uno de mis sobrinos acostado en el piso reposando su almuerzo, abrazado a un jueguito de naves espaciales que gritaba insistente que su galaxia había sido destruida. Le saqué el jueguito, lo acosté en la cama, salí del cuarto. No había nadie en la casa: había una notita en la heladera que decía que todos estaban probándose sus trajes blancos para la boda blanca del día siguiente y que había un pudín de canela en el horno hecho por mi abuela, especialmente para mí. Pensé que era un gran momento para rechazar una comida sin ser descubierta. Abrí el horno: el pudín venía con una banderita encajada que decía, en letra de mi abuela, bienvenida. Respiré resignada, saqué el pudín y me senté a comerlo en la mesa de la cocina. Allí el calor, amortiguado por un ventanal que mira a la calle, se me hizo casi placentero. En algún otro jardín ladraba un perro.