lunes, 5 de enero de 2009
Patas para arriba
Hace unos meses se quemó en casa una especie de muro de cañas que dividía nuestro jardín de la casa de al lado, mejor conocida como la casa ocupada. Nuestra vida pasó entonces a una instancia de exposición incluso mayor a la que suelo hacer en esta columna. Nos saludábamos con los ocupas a la mañana, a la tarde; los veíamos a cualquier hora que saliéramos al jardín reposando bajo una nube de paz. Stella Maris empezó a quejarse de que no estaba bien vivir en condumio –a Stella Maris le gusta decir la palabra condumio y fruncir la nariz como si hubiese dicho pedo de rata–. Dijo que no le gustaba sentirse observada por gente que fumaba cosas raras y vivía al margen de la legalidad. Yo le recordé que todos, si se nos analizaba rigurosamente, vivíamos al margen de la legalidad. “Yo no”, dijo Stella Maris, haciéndose la que no sabía que subirse al tren sin sacar boleto es simple y llanamente hurto. El caso es que a pesar de sus reiteradas quejas, ni Teo ni yo considerábamos grave la situación. De hecho nos atrajo la idea de vivir en comunidad con los vecinos ocupas que, después de todo, debían ser dueños de una filosofía generosa en cuanto a espacios se refiere. Era cierto que había algunos impasses en la convivencia, como que los ocupas ponían música muy alta y muy melódica para nuestro gusto y, en especial, para el gusto de Stella Maris que se restringe a su propio Do de pecho. Pero eso era fácilmente solucionable con un gentil aullido de Teo o mío, en el que les pedíamos, por favor, bajar el volumen. Y todo transcurría en la más perfecta armonía: nos sonreíamos a la distancia, nos preguntábamos por la salud del otro, elucubrábamos sobre el clima. Éramos hippies, nos amábamos. Pero como toda historia, ésta también sufrió un giro. Un día de pocas nubes en el que el cielo merecía llamarse cielo y no panza de burro, salimos al jardín y encontramos a los ocupas en plena obra. Estaban poniendo una pared de esteras entre nuestras casas: amputándose descaradamente de nuestra vista. Teo y yo no entendimos nada. ¿Qué habíamos hecho para merecer semejante afrenta? No tuvimos el valor de acercarnos a preguntarles, pero al final tampoco hizo falta. Cuando terminaron, los ocupas pusieron un cartel que decía: “Propiedad Privada”. Durante un rato, Teo y yo miramos perplejos el muro erguido, grosero, ante nosotros, como dos niños cubanos que ven una balsa perderse en el horizonte, llevándose sus sueños de un mundo mejor. “Estamos viviendo patas para arriba”, dije yo. Y Teo, dándose vuelta para entrar a la casa, me dijo que sí, que ya sabía.