lunes, 26 de enero de 2009

La boda blanca

No se trata de un ritual de Yemanyá o de un casamiento de albinos, en verdad, una boda blanca no tiene nada que ver con doctrinas religiosas, mucho menos con la melanina. Más allá de lo que simboliza espiritualmente para aquellos que creen tener un espíritu, las bodas blancas aspiran promover una actitud; ésa que consiste en ser gente desprevenida que se vistió de blanco por puro accidente, y cuyos rostros alegres y cabellos sueltos son acariciados por una brisa fresca con olor a yerbabuena. Como en un lindo comercial de pastillas mentoladas. Estoy, entonces, en una boda blanca tropical cuya tarjeta blanca era determinante en lo de sacarse los colores de encima. De todas formas nadie osaría hacer lo contrario, no solo porque son las tres y treinta de la tarde y hace el calor de siempre –blanco es igual a fresco–, sino porque nadie querría desentonar con los manteles, los tules que cuelgan del techo, la vajilla o el sector blanco de niños vestidos de blanco con cotillón y golosinas. Nadie tampoco querría ser confundido con alguno de esos detalles menores que contrastan con la blancura del evento: peces vivos de colores vivos que nadan en los centros de mesa, faroles rojos adornando la gran galería que mira el lago, la vegetación frondosa y verde que nos rodea. Últimamente, acá en el trópico, se hacen muchas bodas blancas: es más práctico, me explican, así nadie tiene que gastar en un vestido de lentejuelas que nunca jamás volverá a usar. Hasta la novia podría usar otra vez su vestido blanco, me dicen... ¿en caso de divorcio y segundas nupcias? No, de ninguna manera, en caso de que la inviten a una boda blanca, lo que puede ocurrir en cualquier momento. Pero decía que las bodas blancas promueven una actitud que también podría calificarse como “anti rimbombante”. A pesar de estar vestidos como para un casamiento, la informalidad viene a ser la norma. Hay mariachis; hay tambores y gaitas que aparecen para regalarle a los invitados blancos un mini carnaval con máscaras de colores, antifaces brillantes, silbatos fluorescentes, sombreros; hay una orquesta que toca música alegre para que los novios bailen por los siglos de los siglos. Y el entusiasmo se derrama por la pista, donde un millón de zapatos blancos se deslizan con pasos ligeros y gráciles. Para esta altura, es cuando en los alrededores del salón de tules se ve caer la tarde y llegar la noche, y es cuando aparece en el lago el primer reflejo de una luna redonda, perfecta y blanca, como un comic de la felicidad.