martes, 6 de enero de 2009

Gente como uno

Estoy en un shopping, sentada en un café, esperando un capuccino frío que pedí hace veinte minutos. En la fila de la caja, larga como un día de sol en el oeste argentino, una nena le grita a su madre: “¡Te dije que quería hacer pis!” y se alza el vestidito a rayas para mostrarle la bombacha mojada, las piernas chorreadas: está parada sobre un charquito. La gente de la fila se aparta, la madre agarra a la nena por el brazo: “¡Pero..!”, no dice más nada. La nena llora: “¡Es tu culpa!”. El café se impregna del olor a pis, mi capuccino llega y ya no lo quiero. Hordas de personas y personitas ruidosas caminan por el pasillo de enfrente. Odio los shoppings: son lo más parecido a un arreo de ganado. La gente entra sin saber mucho a dónde va y responde a estímulos externos que van guiando su destino. Como las vacas, tal cual. Cuando era chiquita iba los fines de semana de paseo a una finca de una amiga y el entretenimiento principal consistía en mirar el arreo. La primera vez es divertido, la segunda, tercera, décimoquinta vez que miras la faena te provoca lanzar una granada en el medio del campo y convertirlo en una gran bandeja de steak tartare. En el shopping me pasa lo mismo. ¿Que por qué estoy aquí? Porque se suponía que para estos días los shoppings estarían descomprimidos; que sólo quedaríamos los pobretones oportunistas que esperan las liquidaciones de enero para comprarle el regalito a sus sobrinos. Gente como uno. Uno, que para estas cosas de las fiestas es un poco garca. Y hasta hace poco no éramos tantos: porque hay que tener estómago para bancarse a los miserables que te dicen “en enero no va a quedar nada”, o bien, “vas a encontrar toda la ropa sucia y rota” ¿Algún problema con meterla en la lavadora o coserle un botón suelto? Ninguno. Pero esos días han quedado en el pasado; acá estoy, el calendario dice que es enero pero parece un 24 de diciembre a las 18 horas. No se entiende, ¿ya no hay clases en el mundo? Parece que por estos días las fronteras socioeconómicas se desdibujan rápidamente y el resultado es que cada vez hay más gente como uno. Dicen que la crisis afectó a los ricos frívolos que compraban la primera bombacha de la colección novísima de Maria Cher y que por eso ahora están acá, desfilando frente a mí y mi sopa–capuccino, generando con su presencia, entre los menos enterados, la terrible sospecha de que se hundió Punta del Este. Allí van, como el ganado; los siguen sus nenes que se mean y se llevan nuestros juguetes defectuosos, nuestra ropa sucia, nuestros regalos tardíos. Qué injusticia.