sábado 17 de enero de 2009

Un gato me hacía compañía

Hace calor, trato de leer en un banco de la estación del tren, pero no me acomodo. Hay un rayo de sol que me sigue como el láser de un francotirador. El sol debería poder apagarse. Me levanto del banco y me siento bajo el toldo roto de un kiosco que está cerrado. Por estos días, a diferencia de las tiendas en liquidación, las estaciones se encuentran solitarias y tranquilas. Claro que estar solo esperando el tren un día de verano produce una sensación de letargo no necesariamente placentera; es por eso que traigo libro, paciencia y disposición térmica flexible. En el cambio de capítulo del libro alzo la cara y descubro que ya no estoy sola: un gato famoso viene caminando por la vereda directo hacia mí. Es el gato que está triste y azul, el de la canción. Pero han pasado años desde que fue un hit y debe ser por eso que tiene el pelo reseco y despelucado, como si lo hubiesen metido en el lavarropas. Se sabe que la fama no los trata bien a todos. Se echa en el suelo, muy cerca de mis pies y me mira, ladea la cabeza. Es tan feo que enternece. Supongo que no debería sorprenderme, la canción nunca dijo que fuera lindo. Vuelvo al libro, pero el gato sigue mirándome con la cabeza ladeada. ¿Qué querrá, que le tararee?... “Cuando era un chiquillo, qué alegría, jugando a la guerra noche y día…”, canto. Son las ventajas de esperar el tren sola. El gato bosteza, debe ser su manera de decirme callate, he vivido con ese verso en la cabeza todos los días de mis vidas. Después se echa boca arriba y entrecierra los ojos, probablemente para evitar el resplandor. El gato que está triste y azul mira fijo las ramas de los plátanos que se mueven despacio porque hay poca brisa; mira también la fila de tórtolas que levanta vuelo y huye hacia algún lugar más fresco; mira las cotorras que gritan como si anunciaran el principio de un carnaval; mira una nube que nada sobre el cielo y se deshace cuando bordea el sol. Luego vuelve a bostezar y deja escapar una especie de quejido infantil. “…Las rosas decían que eras mía y un gato me hacía compañía”, insisto. Le debo parecer una cholula sin remedio. Él se ladea, alza la cabeza y vuelve a mirarme con una expresión que primero juzgo romántica, luego condescendiente. Yo sostengo la mirada de sus ojos grandes, verdes, espantosamente lagañosos. Entonces sopla un viento inesperado, casi violento, que alborota sus pelos alborotados como si le estuvieran dando un shock eléctrico. Es el tren, llega vacío.