martes, 3 de febrero de 2009
Nativo
El guía de la isla donde paso unos días con Teo acá en el Caribe colombiano, es, por supuesto, negro. Se presenta como nativo, a secas, dando por sentado que eso basta para explicar su origen. ¿Nativo de dónde?, dice Teo. El guía contesta: “nativo”, y eso es todo lo que hay que decir al respecto. En el hotel también los llaman nativos: “para pasear en canoa, busque a un nativo”; “¿quiere agua de coco?, llamemos a un nativo” “un masaje, por favor, señora nativa” y así. Quizá sea un tema menor, pero autodenominarse nativo es aceptar todo lo que esa palabra ha arrastrado durante siglos y siglos: que uno es un ser salvaje bautizado por un ser civilizado y superior –Oh, Cristóbal, algo se mueve entre los matorrales ¿es un chancho, una víbora, una rata de monte? ¡No, es un nativo!–. Nadie diría soy nativo de Madrid, diría soy madrileño; pero el guía y sus amigos nativos, con la ayuda de una fundación que los capacita en cuestiones turísticas –que les enseña a llamarse nativos, por ejemplo– insisten en acercarse haciendo piruetas y diciendo eso, que son nativos. El guía se embarca en una retahíla ecololó que le enseñó esa fundación; el guía no mira de frente, le parece que si lo hace perderá la concentración y se olvidará de alguno de los miles de datos que escupe su boca gruesa de nativo que se aprendió la lección; el guía incluye en su lección expresiones tan novedosas como: “es lo uno y lo otro y viceversa”. El paseo en la canoa del nativo empieza en la laguna encantada, cuya agua pinta de colores luminosos los cuerpos de los bañistas; cuando se sale del agua encantada, explica el guía, los cuerpos conservan el brillo durante treinta segundos y al día siguiente amanecen como nuevos. ¿Y qué pasa si…? No, al guía no se le pueden hacer preguntas. Para el guía las preguntas son moscas que zumban muy cerca de su cara. Cuando entramos a los túneles que forman los manglares –que son plantas muy pero muy frondosas con raíces enrevesadas que crecen en el agua–, el guía hace una pausa que no sé si atribuir a que está cambiando la página en la libreta mental, o a un paréntesis que le da la indicación de que al entrar al maravilloso túnel donde estamos, debe hacer una pausa estratégica. Una pausa que sirva para olvidarse de él y de todo y concentrarse en los rayos finos de sol que se cuelan por los mangles y rebotan en el agua convirtiendo este pedazo de mundo en una cápsula atravesada por hilos dorados. Es la pausa que justifica éste y cualquier viaje aunque, al salir, el mundo vuelva a ser ese lugar donde los nativos se llaman nativos y hacen piruetas y bogan en canoas recitando palabras tan ajenas.