martes, 24 de febrero de 2009

Un oficio obsceno

El otro día estaba en un locutorio porque en casa se había roto el Internet. A mi lado había individuos risueños que vistos a vuelo de pájaro parecían pasarla bárbaro consigo mismos. Algunos se miraban en el facebook, la mayoría actualizaba su blog, fotolog y/o ese engendro precarizador de contenidos: “twitter”. Ese día, en vez de buscar la concentración mínima indispensable para contestar un parco email, me dediqué a espiar. Y mientras espiaba creí entender la razón por la que, a lo largo de un tiempo, he compartido silenciosa y culposamente el sentimiento de esa gente que dice, con convicción visceral, cosas como: “odio a los bloggers”. Claro que decirlo así es casi como decir “odio a los grupos humanos que se valen de herramientas técnicas para crear contenidos”, lo que termina incluyendo a cualquiera que agarre un lápiz y dibuje una flor. Pero más allá de la ligereza que supone empaquetar en el sujeto plural “bloggers” a todo aquel que tiene un blog –bueno, malo, horroroso–, insisto: ese día, rodeada de bloggers que se autodefinían bloggers, creí entender por fin por qué lo de ser blogger me parece un oficio obsceno. Y aunque la siguiente será una afirmación aún más subjetiva que la anterior diré que no soy una vieja obtusa, nací en el año ochenta y una parte de mi cerebro goza aún de lozanía; la otra, es cierto, es un pozo de prejuicios. Cuando digo obsceno me refiero a esos blogs que hablan única y exclusivamente de su autor en una forma tal que te lleva a pensar que antes de crearlos deben cumplir con un requisito previo: matar a sus abuelas. Me refiero a esa especie de comunidad autorreferencial que se linkea los piropos entre sí: “equis dijo que mi texto es brillante”; “fulano dice en su blog que estoy tan pero tan buena”; “dicen que mi última novela inédita es un hit en la red” –después uno va a los respectivos blogs y se encuentra con la gran viceversa. Ese tipo de blog, que se nota más que otros porque abunda como mosca en abono, es el que también tiende a sobreexponer cada paso que da su autor, por más trivial que sea, a modo de haiku: “esta tarde fui a la peluquería, me hice un flequillo a lo Moria” ¿Y dónde está la gracia? ¿Sólo en poder hacerlo? Hay tantas cosas que uno puede hacer y no hace por pudor, sentido común, amor propio. Uno puede hacer de basura, de pelotudo, de garca, de pedófilo, pero también puede abstenerse. La pregunta es cómo quiere verse uno ante el mundo. Mi pregunta es si los bloggers sin abuela se la hacen. Prefiero pensar que no, porque si la respuesta es que quieren verse como se muestran, ya no sería obsceno sino sólo triste. Y eso sí que no tiene ninguna gracia.