lunes 16 de febrero de 2009
Especímenes
Era un día de sol benigno. Había brisa fresca, cielo azul, pájaros cantarines; había, incluso, un río que me seguía. El noticiero de la mañana había amenazado con que la ciudad superaría los treinta grados y la humedad nos aplastaría con la facilidad que se aplasta un zapallo recién hervido. Pero, como todas las mañanas, el noticiero mintió; y allí estaba yo, y tantos más, caminando a lo largo de los diques de Puerto Madero, disfrutando plenamente del error. Todavía no sabía lo que había al final del paseo, entonces me distraía con retazos: escenas inconclusas en la terraza de un bar; el rostro a medias de una chica a quien la brisa le alborotó los pelos y le tapó un ojo, la mitad de la boca, buena parte del mentón, justo cuando yo pasaba; frases fugaces de conversaciones ajenas: “… y lo remojás toda la noche”, le decía una señora a la otra, mientras reinventaban la marcha atlética. Todos, hasta las palomas, nos movíamos como una avalancha en la misma dirección: contra la brisa, de cara al sol. Y al final sólo se veía un oasis de árboles frondosos frente a un edificio de vidrios negros que, luego sabría, guardaba vacas de colores. Al final se acababa el paseo, el río, los diques, y alguna gente rebotaba y caminaba en dirección contraria. Otros esquivaban el edificio y salían a la avenida, desaparecían. Entonces, cuando estuve más cerca, descubrí una tercera clase: unos especímenes maravillosos que andaban de a dos pero parecían uno, y que no rebotaban en el edificio ni salían a la avenida, sino que aterrizaban en esa esquina sombreada y frondosa, y hacían el amor. No era un amor obsceno, si tocase calificarlo podría decirse que era un amor bucólico. Los especímenes se comportaban de la siguiente manera: se revolcaban en el pasto, se frotaban, se daban besos largos, húmedos a la vista; eran tan decentes que no se les ocurría considerar que, quizá, por estar en lo que suele denominarse “la vía pública”, alguien podría verlos; tenían el buen gusto de –en lugar de encerrarse en un telo ambientado en la antigua Roma– amarse a cielo abierto. Me acerqué lo suficiente para mirarlos bien y, mientras me contagiaban su fruición bucólica, pensé que esa esquina de Puerto Madero, vigilada por vacas de colores, debía conservarse y protegerse. Pensé que allí habitaba una especie exótica, casi extinta, que sólo sale de su cueva los días perfectos para derramar su amor bajo un cielo muy azul.