martes 24 de febrero de 2009

La ciudad de los sueños

Una pareja de amigos –R y Yé– viene a pasar una semana a Buenos Aires. R es mexicano, Yé es española y los dos viven de ser cultos: trabajan como editores de publicaciones literarias de alto turmequé pero bajo perfil. Para R es la primera vez en la ciudad y está genuinamente maravillado. Reconoce que maravillarse no es algo que le pase tan fácilmente, y sabe que queda mal decirlo pero, dice, no es que conozca un par de lugares en el mundo, no: R es un tipo muy viajado. Para Yé es la tercera vez en Buenos Aires y cuando escucha hablar a R asiente, le dice que sí, sí, pero se la nota dudosa. R no tiene dudas, de ninguna manera, él está convencido de que acá confluyen una serie de factores que producen como resultado la ciudad de sus sueños. Lo explica tajante, como si dijese uno más uno. Una vez sentada su postura, los demás atestiguamos con perplejidad su emoción y efervescencia ante situaciones a las que nos hemos más que habituado: olvidado. Como que –recita R– hay pizzerías deliciosas y librerías completísimas abiertas hasta la madrugada, y tiendas sofisticadas que diseñan suelas de zapatos, y dependientas hermosas que leen a Foucault detrás del mostrador, y perros gráciles que corren como liebres por los parques, rebosantes de amor hacia la humanidad. Y no es que R desconozca los defectos de la ciudad: es capaz de enumerar hasta tres de seguido y sin tomar aire. Pero luego se olvida, se distrae, y jura de cara al firmamento querer morir bajo ese cielo inmenso que lo ocupa todo. Mientras R se regodea en su recién descubierto fanatismo porteño, los demás, contenidos, intentamos no romper el hechizo. Recordamos, probablemente, que hubo un tiempo en el que miramos Buenos Aires con los mismos ojos maravillados de R, pero después, por distintas razones, esa mirada empezó a enturbiarse. Pasó, a lo mejor, que los defectos que al principio se registraban, tiernos y cómplices, como la lista de tics del amor más reciente, empezaron a pesar. Los perros gráciles se hicieron engendros fastidiosos, la dependienta hermosa que lee a Foucault detrás del mostrador pasó a ser un aparato frívolo que posa de letrada. Seguro que, durante años, fuimos fermentando laboriosamente críticas furiosas hacia la ciudad de los sueños de R y al final nos hicimos cínicos. Pero hoy, vaya a saber por qué razón que involucra condescendencia y melancolía, nadie le dice nada a R. Sólo lo escuchamos hablar y disfrazamos de sonrisas el rictus doloroso de la envidia, como un público adulto frente a Peter Pan.