lunes, 9 de febrero de 2009
Volver
Desde que vivo en Buenos Aires, el momento que más me gusta de un viaje es el de volver. Eso hace que el último día de las vacaciones, cuando algunos de los que regresan a sus casas tienen cara de estar masticando un chicle de gusanos, yo me sienta irremediablemente feliz. Soy la idiota que sonríe en el aeropuerto. La imagen de mi casa se magnifica tanto que siento nostalgia por rincones que nunca jamás usé; me digo cosas como que apenas llegue lanzaré a la gata por los aires y ocuparé su lugar en el sillón mullido de la galería y me echaré a mirar el techo. Cuando imagino volver a casa, el optimismo me lleva a convencerme de que los largos monólogos de Stella Maris son solos de arpa para mis oídos castos. “Amo mi casa, amo mi vida y mi sillón”, le digo a mi cara más que bronceada en el espejo del baño del aeropuerto, mientras una chica a mi lado llora desconsolada porque volver a Buenos Aires significa separarse temporalmente de su chico –ya lo sabré cuando salga y me lo cuente, tan generosa ella, sin que yo se lo pregunte–. Porque en la sala de abordaje, a veces, suceden esas cosas incómodas que te obligan a poner en escena tu indolencia frente al interlocutor que sufre; y cuando la chica me mire con los ojos hinchados y los mocos sueltos y me diga: “Es como partirse en dos”, yo no me inmutaré. La expresión de mi cara serena y sonriente no cambiará en lo más mínimo, porque esa chica y su pena de amor me importan lo mismo que el folclore escocés ejercido por señores de piernas jamones, falda mediante. Además, todo el mundo sabe que la alegría de volver a casa y la satisfacción de saberse dueño de un sillón mullido hacen que las personas se vuelvan levemente garcas. Todo eso me digo frente al espejo y me repito mientras escucho con la sonrisa embalsamada a la muchacha triste en la sala de abordaje. En el avión me lo digo de vuelta y cierro los ojos para soñar que ya estoy en casa, donde guardo mi vida preciosa. Aunque sé que cuando llegue me daré cuenta de que quizá exagero un poco, sólo un poquito, pero no se lo diré a nadie.